Reseña de «El libro de los cuervos» de Harold Alva
En la poesía latinoamericana contemporánea, la obra de Harold Alva (Piura, Perú, 1978) se ha consolidado alrededor de una ética de la intemperie. Escritor, gestor cultural y analista político, ha desarrollado una intensa labor en el campo literario iberoamericano: dirige el Festival Internacional Primavera Poética y la editorial Summa, además de haber impulsado diversos proyectos culturales y periodísticos vinculados a la difusión de la literatura dentro y fuera del Perú. Autor de libros entre poesía, narrativa y ensayo, su trayectoria ha estado marcada tanto por la escritura como por la gestión cultural sin que ninguna de las dos decaiga en su empuje y arrastre.
Desde Spleen hasta El sonido de la sangre, su poesía ha insistido en una voz que evita instalarse en la comodidad formal o en la épica del desgarro. En lugar de ello, trabaja en una zona de tensión vigilante frente al mundo. El libro de los cuervos, antología publicada por Plural Editores, una editorial boliviana con vocación latinoamericana, permite recorrer casi dos décadas de escritura y comprobar la coherencia de ese itinerario poético.
La selección —que reúne textos publicados entre 2006 y 2024— no funciona como una simple recapitulación retrospectiva. Más bien propone una clave de lectura. Desde el texto liminar, donde el autor afirma que, de reencarnarse, elegiría ser cuervo, el libro lo declara su símbolo rector. El cuervo no aparece como un recurso ornamental, sino como una figura ética: encarna la persistencia sagaz, la marginalidad poética y la capacidad de habitar la intemperie en su ley. En este sentido, el cuervo funciona también como una metáfora del propio oficio escritural: una voz que observa desde los márgenes, consciente de la fragilidad del lenguaje y de la vida con sus vínculos pero obstinada en su permanencia y fibra.
En «Biografía», uno de los poemas más representativos del volumen, el hablante afirma: «Nací al filo de un acantiladoK. La imagen no busca grandilocuencia; establece una condición existencial. El nacimiento ocurre en el borde y el poema se convierte en un ejercicio de equilibrio. Esa conciencia de límite atraviesa buena parte del libro y configura una poética del riesgo sobre la que se erige todo vínculo, despedida o encuentro, toda empresa del espíritu.
Algo similar ocurre en «Las vértebras del fuegoK, donde la palabra deja de presentarse como plegaria para volverse expulsión. «EscupoK, declara el poema. No hay aquí una búsqueda de trascendencia garantizada ni un diálogo conciliador con lo divino. La voz asume la posibilidad del silencio como respuesta y, aun así, insiste. Esa persistencia —a medio camino entre la incredulidad y la necesidad de hablar— constituye uno de los núcleos éticos de la obra.
La ciudad ocupa también un lugar central. En los poemas dedicados a Lima, particularmente en el retorno al Malecón, el espacio urbano no se describe como un simple escenario sino como una extensión del yo. «No es Lima, soy yo», escribe el autor. La identidad se confunde con el temblor del paisaje y el territorio deja de ser fondo para convertirse en materia emocional.
Uno de los momentos cruciales del libro es el poema «De pie». Allí se sugiere la eventualidad del agotamiento —el día en que el poeta deje de escribir—, pero la escena no desemboca en derrota. El hablante permanece erguido después del incendio. No hay heroísmo retórico, sino resistencia. Esa diferencia resulta decisiva: Alva no romantiza el sufrimiento; lo convierte en un dispositivo de conciencia y apuesta en el riesgo de vivir.
El volumen reúne cerca de treinta textos provenientes de libros como Spleen, Ceremonia, Apuntes de Occidente, Ciudad desierta, Lima y El sonido de la sangre. A pesar de la diversidad de etapas, el conjunto revela una notable continuidad temática, un temple común, no solo de tema, sino de nervio escritural, estilo poético donde queda claro su desconfianza frente a la complacencia, rechazo a la mitificación del dolor y una vigilancia constante ante la anestesia emocional, sea esta de carácter personal, generacional o tradicional.
Es posible que algunos lectores que siguen como yo su obra mayor extrañen la ausencia de poemas como «Plaza Garibaldi» o JPoema para vencer el 14 de febrero», donde la dimensión afectiva adquiere mayor protagonismo. Sin embargo, incluso en esta selección el amor no aparece como una redención que clausura la fractura, sino como una experiencia compartida de esa misma fisura. El vínculo no elimina la sombra; aprende a habitarla.
Lo que finalmente cohesiona El libro de los cuervos es una conciencia alerta. La poesía no se presenta como salvación total ni como espectáculo del desgarro. Se ofrece, más bien, como gesto de permanencia: seguir de pie incluso cuando el cielo permanece mudo.
En un panorama literario donde abundan tanto la espectacularización del dolor como la escritura complaciente de su propio papel de víctima o figurante, esta antología reafirma una postura distinta: la de una voz que no busca consuelo fácil ni dramatiza la herida, tampoco se regocija en el tejado de vidrio de la «realidad», pero insiste en sostener una presencia crítica frente al mundo. Por su tono reflexivo y su atención a las tensiones éticas de la experiencia contemporánea, El libro de los cuervos dialoga con una tradición de poesía hispanoamericana –no solo peruana, no solo boliviana–, que privilegia la conciencia crítica por sobre la ornamentación lírica. Es un libro especialmente recomendable para lectores interesados en escrituras que conciben el poema no como refugio, sino como una forma de lucidez, un bestiario con una sola criatura por mandante, donde Alva Viale, es toda una bandada de cuervos, el ave oscura más sagaz e intensa, en el árbol del poema. Un libro que no encajona al poeta sino que lo expande en una de las tantas aristas de una obra determinada y briosa, sensible a su época, sagaz en su manera de envolvernos y tirarnos para adelante, pese a las vicisitudes y grietas del statu quo.
El libro de los cuervos, Harold Alva (La Paz, Bolivia: Plural Editores, 2025. 118 páginas).