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Inicio/Entrevistas/Entrevista a Octavio Hernández, autor de «La noche eterna de Emilio Cruz»
Entrevistas

Entrevista a Octavio Hernández, autor de «La noche eterna de Emilio Cruz»

Iván Martínez Berríos
Por Iván Martínez Berríos
Agosto 12, 2026 8 Min de lectura
Lecturas: 25

 

Octavio, naciste en este siglo, ¿cómo llega a ti este imaginario cinéfilo y literario del siglo XX que se cuela en tus relatos?

A medida que uno va nutriéndose del cine y de los libros, invariablemente, si se quiere crecer, debe volver la vista al pasado. Si nos mantenemos en este siglo —siguiendo con la metáfora alimenticia—, terminaríamos desnutridos. Cien años atrás, sólo en el género del cuento, ya escribía un O’Henry, un Joyce, un Quiroga, un Lovecraft; en la actualidad no creo que exista nadie de ese tamaño. Quizás, es cierto, esta impresión se deba a que resulta difícil evaluar a un contemporáneo: el tiempo se encarga de ocultar los nombres que no trascienden y alumbrar otros que se mantenían velados.

En mi caso, algunos de estos escritores me llegaron por el colegio: es imborrable la primera impresión de un cuentazo como «El hijo», de Quiroga, o «La noche bocarriba», de Cortázar. Luego de aquel empujón, seguí en esa misma línea.

Con el cine, ocurrió el proceso inverso. Como de niño me gustaba ir a ver películas, y como en Antofagasta no existía otro cine que el Hoyts —antes CineMundo—, primero partí por películas más comerciales y contemporáneas. Después retrocedí al siglo pasado, sobre todo al cine clásico de Hollywood.

 

Cortázar, Borges, Bioy Casares, Kafka e incluso el mexicano Arreola resuenan como fuertes presencias literarias en tu obra, ¿fue un ejercicio consciente homenajear a alguno de ellos?

En la concepción de los cuentos de este libro quise desperdigar mis propios gustos literarios —sin que se sintiese forzado aquel intento, al menos no tanto— como un homenaje a quienes me influyeron. Ciertamente hay una cita de Bioy Casares en el cuento «La noche eterna de Emilio Cruz», porque mi relato nació por la lectura de la novela El sueño de los héroes. También hay un personaje que se llama Julián Cortés aludiendo a Julio Cortázar, y existen más guiños —entre ellos la borgeana mención a los tigres y espejos—. Pero no en forma de pastiche, sino para ser transparente con los maestros que me influenciaron.

 

Narraste tus historias con una fuerte presencia de tu ciudad, Antofagasta, ¿qué viste en ese paisaje que dialogara con el género de terror?

Cuando a Poe lo acusaron de copiarle a Hoffmann, respondió con sabiduría diciendo que «El terror no viene de Alemania, viene del alma». En principio, todo ambiente o tema es adecuado para el terror —el bosque, la nieve, el desierto, el espacio—. En mi caso, como había vivido en Antofagasta y quería trasladar lo sobrenatural a lo cotidiano —como lo hicieron Stephen King, Blatty, Maupassant—, me di en ambientar algunos relatos ahí: era lo que más conocía. Por lo demás, convengamos en que la sequedad y la grandeza del desierto, combinadas con la inmensidad del mar, sobrecogen.

 

La noche eterna de Emilio Cruz narra un ciclo recurrente. A tu juicio, ¿qué es más aterrador para el protagonista, la imposibilidad de torcer los eventos del pasado o la condena permanente de la soledad amorosa?

Creo que lo más terrible para él es la imposibilidad de volver al pasado, porque es la raíz de su soledad. En un principio concebí al personaje como un cowboy moderno en busca de la redención, alguien que no soporta recordarse como un cobarde, y por eso busca arrancarse esa etiqueta a toda costa.

 

En Ojos de tigre hay una reflexión sobre el choque de culturas, o más bien como ciertas ideas rituales van cruzando de una cultura otra. ¿Cómo ves la relación del miedo y la migración?

El miedo está presente en la migración siempre, tanto del migrante como de los ciudadanos que lo reciben. Por lo general, si uno aprecia su propia patria, no busca emigrar con gusto. En la antigüedad uno de los peores castigos consistía en el destierro. Es sabido que Sócrates tuvo la posibilidad de escapar de Atenas, pero prefirió morir antes que desobedecer a las leyes.  El emigrante escapa por necesidad, lo que implica amoldarse a tradiciones ajenas y, en definitiva, habitar en un suelo ajeno. Y lo ajeno produce terror.

Por otra parte, los ciudadanos del país receptor sienten lo mismo —algo que vemos a diario—, sobre todo cuando la nación apenas puede sostener a los suyos o cuando quien llega intenta imponer sus costumbres.

Pero, si bien en «Ojos de tigre» está presente aquello, no va por ese camino. La inclusión en el relato de haitianos obedece más bien a una argucia narrativa: recordé películas como I walked with a Zombie o La serpiente y el arcoíris donde los brujos eran haitianos.

 

En varios de los cuentos de este volumen planteas la idea de las realidades paralelas, el hombre de la guitarra en Cabeza gacha, Gregorio en Del otro lado y por supuesto el personaje de Julián Cortés al cierre del volumen, ¿qué heridas hay en la realidad de estos personajes que los lleva a vivir la vida de otro que en realidad parecen ser ellos mismos atrapados en otro espacio?

Las heridas de un hombre común: vivir una vida que le parece extraña, trabajar en un trabajo desagradable, habitar desarraigado de una comunidad. Esas circunstancias son el motor para que lo fantástico opere y desestabilice la realidad, y, al final, obligue al personaje a poner en perspectiva qué es lo verdaderamente importante.

 

Otro tema recurrente son las pesadillas de tus personajes, a las que entran con la misma facilidad con la que salen, ¿qué crees que pasa con el lector en medio de esa aparente naturalidad?

En muchas ocasiones los sueños de mis cuentos preanuncian la catástrofe; en otras, se funden con la realidad. Inclusive todos los relatos se pueden leer como una pesadilla. Y espero que mis lectores sientan esa tensión de que algo malo va a ocurrir, o que al menos los impacte tanto que se les tambalee a ellos también su propia existencia, inmersos en esa rara sensación de que «toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son». Es más, en un principio imaginé estos cuentos bajo el título En la ribera de las pesadillas, porque pienso que todos acechan en esa orilla, en una especie de limbo entre lo real y la locura. Un poco como anunciaba Rod Serling en la primera temporada de la Dimensión Desconocida: “Existe una quinta dimensión, más allá de lo conocido por el hombre (…) Es el punto medio entre la luz y la sombra, entre la ciencia y la superstición, y se encuentra entre el abismo de los miedos humanos y la cima de su conocimiento.”

 

El desierto opera varias veces a nivel concreto como paisaje, pero también a nivel simbólico, ¿qué relación tiene con las relaciones humanas y amorosas de tus personajes?¿por qué la tierra permanece en el cuerpo como algo aborrecible?

Bueno, si uno lo analiza en ese nivel, puede significar que también los personajes atraviesan un desierto. Aunque, siendo franco, no lo escribí de forma intencional así. Desde luego que esa vasta extensión donde no existe nada más que la tierra y los cerros y el sol puede ser un bello receptáculo de otras interpretaciones. En la Biblia, por ejemplo, funge como un espacio de prueba un tanto hostil: en el desierto tras errar largo tiempo cayeron tentados los hebreos, que seguían a Moisés; en el desierto después de arduas pruebas salió victorioso Jesús. Quizás algo de esa malignidad subyace en los relatos; después de todo, la Biblia es el libro —libros, más bien— que yo más he leído.

 

Sangre, espejos, paisajes nocturnos, el mar bajo la luna, son verdaderos arquetipos de lo tenebroso, sin embargo tus cuentos plantean también otras formas de acercarse al terror: el maltrato animal, la precariedad laboral, el rechazo amoroso, el consumo de drogas, la soledad de la tercera edad, la frágil salud mental, ¿es acaso el terror una excusa para hablar sobre lo desoladora y triste que es la existencia en nuestros tiempos?

Yo invertiría el enunciado: la triste realidad nuestra es una excusa para escribir terror. Creo que mi gusto por el género nació en la niñez, es decir, antes de tomar conciencia de la «vida» sin sustancia que atormenta al hombre actual, ese existir únicamente con el fin de consumir lo más novedoso. Por lo cual no querría crear historias que sólo aludieran a la actualidad y que se quedaran desactualizadas cuando las circunstancias cambien: a pesar de que tengo mis pensamientos, no me gusta la politiquería en el arte. Ahora bien, esto tampoco implica que yo quiera escribir terror meramente por dar un susto rápido: me gustan aquellas historias que conmocionan el alma y que son intemporales.

 

Netflix, Google Maps, celulares y otras tecnologías actuales se cuelan entre medio de los textos y comparten escena con vampiros, medusas, brujas, ¿son acaso los primeros los grandes monstruos de nuestro tiempo?

Son herramientas que mal utilizadas pueden corromper: por medio de los celulares se nos bombardea de publicidad y se mina nuestra capacidad de atención. Pero por otro lado las tecnologías nos abren un panorama amplio en conocimiento. Gracias a Youtube descubrí el canal Taller de Corte y Corrección, y pude conocer a mi maestro Marcelo di Marco. En el caso de Netflix, uno puede conformarse con mirar una teleserie, o descubrir El Padrino. Percibo, es cierto, que a ciertas personas las daña más de lo que las beneficia, sobre todo a los niños: si todo te lo puede resolver la inteligencia artificial, tu misma inteligencia se atrofiará. En ese sentido, algo —entre otras muchas cosas— nos enseñan los griegos, y es que debemos encontrar el justo medio. En todo, la medida. Lo que implica no depender de la máquina, no dejarnos arrastrar por esa marea de información, de luces, de videos rápidos y de música estridente, sino saber contenerse y disfrutar del silencio.

 

La noche eterna de Emilio Cruz es tu opera prima, una declaración de principios de un escritor-cineasta, ¿hay temas específicos sobre los que te gustaría construir tu obra? ¿qué otros registros te gustaría explorar?

Me gustaría aclarar que no soy cineasta: no he hecho más cine que un torpe cortometraje, mejor en ideas que en ejecución. Ahora bien, no tengo en mente temas específicos para el futuro. Sólo sé que quiero seguir escribiendo cuentos. Y sospecho que seguiré la misma línea: relatos fantásticos y de terror. Hay vertientes del género que no he explorado aún, y me parecen interesantes, como los cuentos de corte más filosófico, al estilo de Mark Samuels o Thomas Ligotti. Creo que primero, eso sí, debería leerlos, y tal vez después intentar imitarlos —hay quien sostiene que toda la literatura consiste en un plagio—. Por lo pronto, porque no poseo las onerosas sumas necesarias para dispendiar en los tomos de Valdemar, seguiré releyendo a la muchachada: Poe, Cortázar, Maupassant, Borges.

 

Por último, y hablando de terror editorial, ¿qué fue lo más difícil de armar este volumen de cuentos y presentarlos al público?¿cómo esperas que el lector se acerque a tu obra?

En un principio, pensé un libro más abultado, con gran cantidad de cuentos, al estilo de El umbral de la noche o Skeleton Crew. Salirme de esa idea inicial me costó. Ahora descubro que fue lo mejor: se sintetizó todo el material en un libro homogéneo, que sigue la misma línea de terror fantástico.

Y espero que el lector se acerque a mi libro como quien se dispone a ver un episodio de la Dimensión desconocida, con esa ansia por descubrir en cada nueva historia cómo la realidad se rompe; cómo lo imposible se torna real; cómo, en definitiva, advertimos que habitamos en un enigma de reflejos y sombras, y que existe un más allá lejos de las concepciones más materialistas. Porque, siguiendo a Faretta, ese es el objetivo de la literatura fantástica —si es que tiene un objetivo—:  abrirnos una puerta a la otredad metafísica.

 

La noche eterna de Emilio Cruz de Octavio Hernández  (Ediciones del Gato, 2026)

 

Puedes adquirir este libro aquí y apoyar a Lector.cl

Etiquetas:

Ediciones del GatoLa noche eterna de Emilio CruzOctavio HernándezTerror
Iván Martínez Berríos
Por autor

Iván Martínez Berríos

Periodista, Licenciado en Comunicación Social y en Cine Documental. Editor en Plazadeletras, Lector.cl y Trazas Negras.

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