Por Joaquín Escobar
En revista Lector conversamos con Matías Hermosilla, historiador chileno que, mediante analogías deportivas y reflexiones televisivas, analiza los últimos 30 años de las mutaciones que ha sufrido nuestro país.
—¿Cuál fue el kilómetro cero de El carácter de una nación? ¿Cómo surge este proyecto?
—Hace tiempo estaba pensando en escribir un ensayo cultural sobre Chile. Llevo años haciendo investigación y docencia sobre el tema de la cultura popular y su relación con las sociedades en el tiempo y me parecía fundamental hacer un proyecto que ayudara o, al menos, propusiera una narrativa de Chile desde el inicio de la transición. Fue así como en una conversación con Guido Arroyo surgió la posibilidad de plasmar este proyecto que busca, además, comunicar de manera cercana y a escala humana la crónica del chile postdictatorial.
—Las reflexiones que realizas sobre el deporte chileno en la década del noventa no tienen un tinte melancólico (como suele ser), más bien, eres crítico con cada evento acontencido. Por ejemplo, señalas que, entre otras cosas, los planteles estelares de los equipos llevaron a los posteriores descalabros económicos.
—Como historiador es casi un deber social como volver a mirar las problemáticas culturales de Chile y darles un paso más allá de la memoria. Pues, de cierta forma, algo que disciplinariamente es claro es que la memoria es una trampa pues, de cierta forma, la nostalgia nos nubla de lo qué pasó. En este sentido, para mí era muy claro la responsabilidad de no caer en el «yo viví esto y por eso fue verdad» y creo que la investigación relacionada con los procesos me llevó a desmitificar mi propia infancia. De hecho, mi amigo Simón Campusano–músico de los Niños de Cerro– me contaba que se sorprendió porque tenía un recuerdo de celebrar en Francia 98 un triunfo de Chile contra Camerún que realmente fue un empate. Además, claro es polémico decir que los triunfos y la época dorada de los planteles chilenos realmente llevó a la ruina al fútbol y eso me toca personalmente porque mi ídolo futbolístico de infancia era Néstor «Pipo» Gorosito, entonces si fuera por mis afectos nostálgicos estaban en entredicho.
—En la primera parte del libro vas estableciendo analogías entre diversos hitos de la televisión y la falsedad del libremercado perfeccionada por los gobiernos de la Concertación. Lo reflejas principalmente en Fazah, un supuesto políglota que llegó a Viva el lunes con un currículum portentoso y que no terminó siendo lo prometido.
—Claro y, además, en figuras como Iván Zamorano o Marcelo «Chino» Ríos que marcan también el lado heroico o antiheroico de la generación de la concertación que tenía, por un lado, expectativas de éxito y meritocracia representada en Iván Zamorano. Por otro lado, al avanzar la década también marca la frustración de una juventud que no vio los cambios esperados y toma como héroe a Marcelo Ríos y su «no estoy ni ahí».
—¿Cuánto material dejaste de lado para construir el libro? ¿Cómo fue el trabajo de recorte? Condensas varias décadas en pocas páginas, de hecho, hay un capítulo que se llama: «Son tantas weas que no sé qué poner».
—Uff, fue muy difícil de hecho originalmente eran 40 o más secciones por capítulo, pero a medida que pasaba la escritura iba ponderando la extensión del mismo y quería que fuera un libro amigable en extensión y en cercanía para el lector. Por ejemplo, me pasó gratamente que mi papá que es un muy mal lector hace un par de días me dijo que se lo leyó en una sentada y fue bien emocionante porque si logro que gente a la que no le gusten los libros pueda sentirse apelado, reírse e, incluso, rabiar conmigo está cumplida la tarea. Este es un libro que desde su génesis tiene el sudó de ser un puente entre la academia y el público amplio, que nadie se sienta fuera de esta conversación y un poco eso busqué con el trabajo.
—La portada del libro es llamativa, bonita y ondera. ¿Quién la realizó?
—Mi amigo, que digo mi amigo, mi hermano del alma Juan Carlos «Jota» Ampuero, lo encuentras en redes como Yey_Si, es un ilustrador, músico y genio cultural nacido en Punta Arenas pero radicado hace 18 años en Valparaíso. Con Jota además de la amistad nos unen mucho código común, música, tele, humor y, también, una forma de ver la vida, la amistad y el mundo. Cuando pensé en este proyecto dije si o si la portada tiene que hacerla Jota para acercar a la gente un libro la portada es realmente importante y, yo creo, que Juan Carlos no hizo solo una portada, sino que también transformó este espacio en un prólogo ilustrado de la búsqueda de personajes que pululan a lo largo y ancho del libro. La verdad es un verdadero honor tener la portada de un genio como Juan Carlos.
—Hay mucha gente que busca publicar sus libros. Mandan sus textos a editoriales y ni siquiera obtienen una respuesta. ¿Cómo llegaste a Alquimia? ¿Cómo se produce ese primer encuentro?
—Bueno el mundo editorial está sobre poblado y difícil encontrar caminos, la verdad, este libro llevaba guardado como idea en apuntes y libretas sueltas hace bastante tiempo. En mi caso fue conocer al admirado Guido Arroyo que se aproximó a mí al haber leído mi trabajo académico sobre cultura popular y algunas entrevistas en las que participé, nos juntamos a tomar un café y partió como una entrevista para un proyecto de él y luego le comenté de este proyecto y le tincó, lo presentó al comité editorial y bueno luego de 6-7 meses vio definitivamente la luz. La verdad me siento muy agradecido y honrado de formar parte de una editorial como Alquimia y del trabajo cercano, profundo y reflexivo con Guido Arroyo.




