«Poesía de la revelación y el desplazamiento», crítica a «Naufragio» de Robin Beth Schaer
Por Cristian Salgado Poehlmann
Leer la presente versión de Naufragio —Shipbreaking en su original en idioma inglés de 2015—, es en realidad enfrentarse a un texto tricéfalo. Aquí no encontramos la exclusiva pluma de Robin Beth Schaer (Nueva York, 1971), sino también las de María Agustina Pardini y Eleonora González Capria, sus traductoras. De perogrullo, podría considerarse la idea anterior, pues probablemente al menos la mitad de los libros de poesía a los que nos enfrentamos están pasados por el cedazo de un traductor. No obstante, como suelen suscitar los libros de poesía que van a contrapelo de la claridad y que incitan a la unicidad en cuanto a su significación, Naufragio presenta un estilo que construye imaginarios plurales, diríase imposibles de unificar. Y es que en la poesía de Robin Beth Schaer la subjetividad interpretativa del lector juega un rol imposible de evadir. Poesía cuya pulsión es tal vez la indeterminación. Cuenta Pardini en el prólogo del libro: «Las metáforas despliegan capas que abren las imágenes hasta los contornos más imprecisos del tiempo, del espacio y de la palabra: se relatan hechos que todavía no ocurrieron, se describen cimas que una vez fueron lecho marino y se evocan palabras en idiomas que la mente no retiene». Y más adelante: «Durante la traducción se presentaron ciertos conflictos relacionados con las hipótesis de lectura que cada poema permitía plantear. En ocasiones, ambas traductoras tuvimos que unificar ciertos supuestos y llegar a una lectura en común».
Naufragio difícilmente se aborda sin el concepto de colección de poemas al momento de pretender encontrarle un conjunto o puñado de rutas de lectura al volumen. Y es que cada poema en sí mismo y por separado —salvo contadas excepciones como «Naufraga» y «Constatación del peligro»— no se constituye como realista en la medida en que no guarda una relación directa, concreta y lógica con lo exterior representado. Más bien disloca esa representación. En consecuencia, no estamos en presencia de una poesía situada, por más que elementos de la naturaleza y del quehacer humano estén utilizados de manera constante. Lo que Robin Beth Schaer hace con estas representaciones de lo real es trocarlas hacia otra cosa, para que así la revelación aparezca. Se trata entonces de un conocimiento poético develado. Muy en la vereda de la famosa escena del hueso y la nave de Kubrik en 2001: Odisea del espacio. Y esa revelación es en extremo realista, pues consigue evidenciar conflictos y tópicos inmanentes de lo humano. Este conocimiento se adquiere a partir de un mecanismo que se descubre dentro del artefacto poético y en la sumatoria de los poemas en su conjunto, como un aparato autónomo. La lectura individual del poema solo se vuelve plausible en la medida en que leemos los posteriores, en el devenir del volumen. En consecuencia, la poesía de Robin Beth Schaer existe en la revelación y el desplazamiento.
Dividido en tres secciones, Naufragio plantea un mundo que en modo alguno opera según las normas del nuestro. Descree de los constructos del lenguaje tradicional y sus convencionalismos. En una palabra, remece. En otra: incomoda. Provoca en el lector la idea de extrañeza, como si algo no anduviera bien, pese a su escritura exquisita y precisa. Poesía de la incertidumbre y del desajuste, mediante la cual esclarecer de manera unívoca se vuelve tarea de bobos. La capacidad de Robin Beth Schaer para componer un libro del que emergen subjetividades múltiples es innegable. Pese a su corta extensión (88 páginas), la abundancia de material que florece en sus páginas, en términos de irradiación de lecturas, es tan extraordinaria como abismal. La experiencia poética en Naufragio nos dice que no existe una aproximación racional a ese develar; por el contrario, el conocimiento que estos poemas entregan emerge a partir de otro estado de gracia. «La palabra poética nace de una identificación con las cosas y su misterio, con su enigmática personalidad –decía la curaduría de una reciente exposición fotográfica sobre Teillier, organizada por la Universidad Católica–. El poeta renuncia a la explicación, sostenida como está por la dinámica de la imagen que proyecta en la memoria una familiaridad extraviada que, al ser acogida, cobija y da sentido. La ausencia, así, se vuelve oscuridad protectora».
Reptiliana
Toma este crimen: traje el caimán
a casa a través de manglares rojos, en brazos. Su cabeza nudosa
y fría sobre mi cuello y su cola alrededor mío
me rozaba los tobillos.
Cuando entró al pueblo tembló, necesitaba
pantanos no tierras. Mi cuerpo nunca le daría
el calor suficiente. Le ofrecí tiras de corteza de abedul,
conejos y huevos de codorniz:
cualquier cosa. Sabía que estaba mal traerlo
aquí; podía devorarte a ti, a los niños, destrozar
carne y algodón, mover su pesada cola con fuerza,
romper puertas y sillas
en pedazos. Así que, ahógame en aguas poco profundas,
sumérgeme, termina con esta necesidad
de piel granulada y permíteme adentrarme en la marisma,
ir flotando hacia los juncos.
Alguien consideraba que El almuerzo desnudo, la novela de William Burroughs, si pudiera condensarse en una imagen, sería aquel momento frío en el que el tenedor está aproximándose a la boca, esa instantánea exacta de un movimiento incompleto. Una tensión, un conflicto, lo inacabado. De alguna u otra forma, esto acontece en Naufragio. Sus poemas sopesan tópicos cuyos bordes no están del todo claros, o mejor aún, tienden a la maleabilidad. Brotan algunos como la difuminación entre el sueño y la realidad, el tedio por la vida, la alteración de la paz, la belleza perdida, el detritus, la incomunicación, la muerte, el sucumbir ante el sentimiento amoroso, el viaje, la sumisión, la destrucción del hogar, la memoria, entre otros. Dicho de otro modo, Naufragio opera como un pequeño compendio de grandes temas de la literatura. De esta forma, la irrealidad planteada por Robin Beth Schaer en sus poemas se vuelve total y completamente atendible. La poeta neoyorkina consigue dar a luz una verdad poetizante que por medio del discurso ordinario se volvería imposible de registrar y despedir. Una iluminación imposible.
La poesía de Robin Beth Schaer construye imágenes a partir de aspectos concretos y fácilmente relacionables de la realidad. Sus poemas inician con conceptos que podríamos considerar universales o fácilmente identificables. Tal es su punto de partida. Los títulos de sus poemas no dan una idea de aparente sencillez. «Mensajera», «Avispas», «En casa», «Miedo», «Terremoto», «Insomnio», «Tornado», «Incendio forestal», «Plaga», «Islandia» y así. No obstante, la técnica escritural de la estadounidense hace que estos conceptos asidos a la realidad naufraguen durante el curso del poema y terminen encallando en costas imprevisibles. La idea me recuerda el lúcido poema de Teillier dedicado a una de sus máximas aficiones: «Yo me invito a entrar/ a la casa del vino/ cuyas puertas siempre abiertas/ no sirven para salir». Un libro que se despliega y se despliega y se repliega. Tal es el mecanismo interior por medio del cual trabaja Naufragio. «En una isla pequeña –decía Thomás A. Clark–, el débil arraigo de la tierra entre el mar y el cielo, la deriva de neblinas y la intensidad de la luz, descolocan al intelecto y abren la imaginación hacia configuraciones más grandes y más líquidas».
Braza
Los perros entienden tu corazón
y algo saben del sabor
de la sal. Vivimos del incienso y las monedas,
arreamos bandadas de olas, arrancamos
la amargura. Quise implorarle, seducir a toda
esta espuma, pero ¿qué sentido
tiene rebajarse por nada? El mar
negó veinte décadas corroídas
antes que la nuestra. A veces, las redes
pescan un dios en un destello de pececillos.
A veces, helechos enmarañados te reclaman,
su aliento un arma que se detiene ante el ojo.
Siempre, nos vuelca el niño difícil
en un matorral de libros vacíos.
Encomiable y valiente apuesta de los valdivianos de Komorebi Ediciones, que no necesitaron de ningún auspicio gubernamental para adentrarse en el mar y sumergirse. Salve.