Por Joaquín Rebolledo Aladro
Hablar entorno a Vértebras implica preguntarse desde dónde leemos hoy la poesía latinoamericana y qué clase de imaginación política puede todavía sostener un libro de poemas. Porque el cuarto libro de Marcelo Arce Garín, luego de Exhumada, Caja de cambio, y Óxido no aparece en un momento cualquiera: emerge en un tiempo de agotamiento, de repliegue, de discursos fascistas cada vez más normalizados. Y precisamente por eso su escritura resulta incómoda y creo, necesaria. Vértebras no busca una voz única y universal, tampoco simplificarse para volverse digerible. Este libro insiste en algo mucho más riesgoso: recuperar la posibilidad de un dialogo continental que hable de trabajo, violencia, explotación y memoria, pero también de ternura, ritmos, comida caliente y afectos.
Ya desde la portada el libro instala una declaración estética y política. La obra «a Chile», con la fotografía del artista Elías Adasme, con el cuerpo colgado cabeza abajo junto al mapa de Chile funciona como una clave de lectura. Miramos el continente de arriba abajo, implicando el propio cuerpo, con la sangre siguiendo un curso antinatural y tortuoso, pero tantas veces visto a lo largo de la historia negra latinoamericana. Como dijo la crítica literaria Patricia Espinosa «Marcelo Arce Garín mira y escribe heterotópicamente», es decir, desde múltiples espacios y temporalidades que se cruzan para desmontar la normalidad del paisaje contemporáneo sumido en una permanente crisis.
Esa inversión del mundo y el tiempo es fundamental para acercarse al libro. Porque Vértebras no se construye desde la comodidad del observador distante que mira el mapa. El hablante entra en las escenas, dialoga con los obreros, con los migrantes, con los cuerpos heridos del continente. No hay aquí turismo político aséptico de quién escribe una tesis de estudios latinoamericanos desde una universidad europea. Hay fricción de quién camina por los barrios y huele y saborea lo que se está cocinando.
Y justamente la palabra «fricción» aparece una y otra vez a lo largo del libro, como una especie de estribillo:
«fricción
como el autito rojo de la infancia
el matute punza brígido
arde el borde en la frontera».
Ese fragmento reaparece en distintas secciones y termina convirtiéndose en la columna rítmica del poemario. La imagen es notable porque sintetiza el movimiento histórico de América Latina: retrocesos y avances, estancamientos, levantamientos, procesos de emancipación y posteriores derrotas. Pero también revela otra cosa: el libro entero está escrito desde el roce. Roce entre lenguas, entre países, entre memorias, entre cuerpos.
El poeta se lanza a construir entonces una cartografía andina invertida similar a la del artista Joaquín Torres García, donde Chile, Argentina, Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia y Venezuela aparecen unidos por una misma historia de explotación y resistencia. Una «columnaK continental formada por las distintas vértebras de la cordillera de los Andes. El título del libro, entonces, no es solo anatómico: las vértebras son también territorios, pueblos, huelgas, matanzas, insurrecciones y memorias populares con nombre y apellido que sostienen el cuerpo fragmentado de América Latina.
Uno de los aspectos que más me impresionó del libro es su capacidad para mezclar registros lingüísticos sin perder intensidad. El habla popular chilena convive con modismos argentinos, voces indígenas y el léxico caribeño. Se intenta construir una lengua nueva y plural, contaminada por el continente. Esa invención ocurre porque el poema se niega a hablar desde un español neutro y en ella conviven «el chamo y huevón» que se sientan a la misma mesa después de una jornada de trabajo mal pagada.
Son lenguas que se conectan a cuerpos que se conectan a memorias. La memoria aparece encarnada en espacios concretos, direcciones reales que podemos visitar, nombres propios que tuvieron una familia que los lloró, matanzas con victimarios que siguen vivos y libres. La memoria sale de los museos y entra a la casa y se encarna.
Esa materialidad concreta atraviesa todo el libro. En Vértebras los trabajadores tienen cuerpo, sudor y hambre. La poesía de Arce no existe en un plano distinto al de las faenas, las herramientas y el cansancio luego del laburo. Sin embargo, sería un error leer Vértebras únicamente desde ahí. Hay también una afectividad profunda. Entre la rabia, la explotación y la derrota aparecen constantemente escenas de ternura, erotismo o comunidad, como en el poema «El país de todas las sangres»:
«ahí paramos entre relámpago y canto
susurrando un beso en el costado
mientras mi mano baja tu espalda».
La escena íntima no cancela la violencia histórica; ocurre dentro de ella. Lo macro y micro conviven. Ese es uno de los grandes logros del libro: entender que incluso en medio de la crueldad existe espacio para el amor, para el cuidado y para la poesía.
Lo mismo sucede en «¿Cómo se puede cantar mejor?», uno de los textos más luminosos del volumen. El poema se pregunta:
«¿Cómo se puede cantar mejor que un pájaro?»
El libro responde desde el trabajo colectivo de las voces. Porque Vértebras está lleno de citas, canciones, consignas, hablas populares y resonancias históricas. Poetas de toda Latinoamérica aparecen dialogando con los poemas. Pero más importante aún: dialogan los trabajadores, los vendedores ambulantes, los obreros, los manifestantes, los muertos. Por eso el poemario tiene algo de archivo oral latinoamericano. Un archivo construido no desde la academia ni desde el discurso oficial, sino desde la calle, la marcha, el sindicato, la feria, la frontera.
En «United Fruit Company», Arce reconstruye la violencia histórica contra los trabajadores bananeros:
«campesinos y obreros contra el gringo
racimos de bananas contra racimos de balas».
En apenas dos versos aparece condensada toda una historia de colonialismo económico y masacre obrera que nos hermana como continente.
Más adelante, en «Al paro», se conecta la represión colombiana con una herida continental:
«cae Dilan Cruz
en calle 19 con CARRERA CUARTA
se esparce sangre roja y adolescente
gotea el continente».
Ese último verso es clave: No sangra un país aislado. Sangra América Latina completa.
Pero incluso frente a esa continuidad del horror, Vértebras insiste en la posibilidad de una comunidad futura. Hay una dimensión utópica en el libro, aunque nunca ingenua. Quizás tenga que ver con que el poeta está obligado a imaginar un mundo posible para su recién nacida nieta. Eso se percibe especialmente en poemas donde la naturaleza y las comunidades indígenas aparecen resistiendo el saqueo. En «Canto a la puna», por ejemplo, leemos:
«cedros y jacarandas
dan un respiro al litio y sus captores».
Y en «Un revés y un derecho»:
«¡La whipala se respeta, carajo!».
La defensa de los territorios y de las culturas indígenas no aparece aquí como gesto decorativo. Forma parte central de la imaginación política del libro.
También es importante señalar que Vértebras construye una musicalidad muy particular. Aunque los versos sean irregulares, existe un ritmo interno sostenido por repeticiones, enumeraciones, consignas y cambios bruscos de velocidad. A ratos el libro parece escrito para ser oído más que leído, quizás tendiendo caminos hacia nuestras tradiciones indígenas mayormente orales.
Eso se nota especialmente en poemas donde la repetición genera un efecto casi ceremonial:
«Demolamos el virreinato
demolamos a Dina Boluarte
demolamos las antenas, gasoductos
y la estación del tren
tatatata yayayaya».
El poema mezcla rabia política, ritmo punk y oralidad callejera. La consigna se vuelve música. Hay algo profundamente valioso en esa decisión estética. En tiempos donde buena parte de la poesía contemporánea parece escrita para la academia o para una lectura silenciosa e individual, Marcelo Arce Garín devuelve el poema a un espacio colectivo. Sus textos exigen ser pronunciados en voz alta.
Y quizás por eso Vértebras resulta un libro tan necesario. Porque recuerda que la poesía todavía puede intervenir la realidad sin perder complejidad formal. Puede ser política sin convertirse en panfleto. Puede trabajar con la historia sin abandonar la intensidad verbal.
En el libro aparece una invitación mínima pero decisiva, que funcionaba como respuesta quizás a la pregunta de «¿Cómo cantar mejor que un pájaro?» y dice:
«¿cantemos juntos amada?
comienza una nueva sinfonía
¿vamos?».
Tal vez ahí esté el núcleo más profundo de este poemario. La escritura de Marcelo Arce Garín entiende que ninguna salida será individual. Frente a la devastación continental, frente a las fronteras, frente a la violencia económica y estatal, el libro insiste en una posibilidad colectiva: cantar juntos, volver a cantar.
Por eso Vértebras no es solamente un libro sobre el dolor latinoamericano. Es también un libro sobre la persistencia. Sobre los cuerpos que siguen avanzando pese al cansancio histórico. Sobre nuestras heridas y quienes las atienden. Sobre las lenguas que sobreviven. Sobre las memorias que se niegan a olvidar.
Y quizás esa sea finalmente la función de estas vértebras: sostener todavía un cuerpo común llamado América Latina, incluso cuando todo parece empujarlo hacia la fractura.
Vértebras de Marcelo Arce Garín (Poesía, Editorial Cuarto Propio, 1° Edición, septiembre 2025, 84 pág.)






