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Rodrigo Muñoz Cazaux: «Si no eres capaz de pagar el peaje emocional, no te dediques a la literatura»

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Conocido en sus inicios por su trabajo dentro del género de zombis, misterio y ciencia ficción, Rodrigo Muñoz Cazaux se destacó por explorar el horror desde una mirada local y crítica. Sin embargo, en 2021 marcó un quiebre en su trayectoria con la publicación de Hiel, un libro de relatos más íntimos y realistas que dio inicio a sus publicaciones con Ediciones Liz, editorial chilena independiente dedicada a la literatura artesanal. Ese camino se profundiza con Pequeñas Delicias, una antología escrita a lo largo de más de una década, donde la comida, la música y la nostalgia se entrelazan en cuentos breves cargados de emociones, recuerdos y guiños autobiográficos. Presentado como un objeto único, una caja de bombones literaria encuadernada a mano, con papel al engrudo y una playlist musical, el libro invita a una experiencia sensorial y emocional. En esta entrevista, Muñoz reflexiona sobre el oficio de escribir, el peso de lo personal en la ficción, y la literatura como acto de entrega y conexión.

 

—Pequeñas Delicias marca un giro importante en tu trayectoria literaria, alejándote del género zombi para adentrarte en relatos más íntimos, cotidianos y nostálgicos. ¿Qué motivó este cambio de tono y temática en tu escritura?

—Más que alejarme de un género es retomar lo que había comenzado a escribir muchos años atrás. Lo que pasa es que siempre hay una gran diferencia entre lo que alguien escribe y lo que te publican, mis primeras novelas publicadas estaban más cerca del misterio, horror y ciencia ficción, entonces fue como esperable que lo que me pidieran para después fuera similar. Esta antología recopila relatos y escritos hechos desde el año 2012 en adelante, cosas que escribo constantemente, como una especie de ejercicio. Siempre he creído que esto es un oficio que requiere práctica diaria, así que trato de escribir al menos una vez a la semana, aunque no tenga un proyecto definido en mente.

El cambio de tono va de la mano de Ediciones Liz, el año 2021 abrieron una convocatoria y les envié el manuscrito de Hiel, entonces para Liz, este tipo de relatos es lo «normal», porque me han publicado antes escritura más realista y emotiva.

—Los cuentos del libro exploran pérdidas, tristeza, pobreza, nostalgia, hogar, juego, todo desde una mirada sensible, casi poética. ¿Cómo fue el proceso de seleccionar y dar forma estos cuentos?

—Como dije antes, estoy escribiendo constantemente, de pronto me di cuenta de que existía un grupo de relatos que tenían todos tres elementos en común; comida, música y nostalgia y cuando hice la selección final me di cuenta de que, además, estaban todos inspirados en un hecho o experiencia real. Creo que la selección tiene que ver con el momento de mi vida actual, veo a mis hijos ahora adultos y me ha entrado una nostalgia por recordar su infancia y de pasada recordé la mía. Fue eligiendo historias que están más cerca de mi infancia, más cerca de la ensoñación inocente que tenía en esos momentos.

—La edición del libro —que parece una caja de bombones— y la inclusión de una playlist le dan una dimensión multisensorial. ¿Cómo dialogan estos elementos con los cuentos? ¿Pensaste en ellos desde el inicio o surgieron después?

—Por primera vez tuve el título una vez que encontré los relatos para la colección, al retomar esa idea de que hablaban sobre comida, música y nostalgia, pues me di cuenta de que son cosas que disfruto y como son relatos cortos en su mayoría —salvo un par que se escapan un poco en extensión— pues eran unas pequeñas delicias, como aperitivos.

Al tener el título claro, pues solo bastaba decidir como invitar al lector a probar estas pequeñas delicias y por eso el formato de caja de dulces se me ocurrió, además que ya había visto el trabajo de encuadernación y sabía que era lo que podía pedirles. Liz agregó el elemento de que la portada fuese de papel al engrudo haciendo que ninguno de los libros sea igual a otro, dándole un valor agregado al libro como objeto único de arte.

Ya había visto como trabajaban las portadas y los formatos posibles con Hiel, me di cuenta de que no eran una fábrica de salchichas en que armaban libros idénticos uno tras otro, sino que buscaban que la materialidad estuviese relacionada con el contenido. Cuando les propuse hacer un símil de una caja de bombones no solo me aceptaron la propuesta, sino que la realizaron con el profesionalismo de quien entiende lo que se quiere lograr.

—Algunos cuentos, como «1983», «Wish you were here» y «Almendras confitadas», parecen cargados de una sensibilidad muy íntima. ¿Qué lugar ocupa lo personal en tu escritura de ficción? ¿Sientes que hay una línea clara entre lo autobiográfico y lo narrado, o ambas dimensiones se entrelazan?

—En todas mis obras hay una proporción de realidad y fantasía, en algunas está mucho más cargado a la ficción, pero siempre tengo una pata puesta en la realidad, sin embargo, «Wish you were here» es 100% autobiográfico, es lo que necesitaba sacar de mí luego de perder a un gran amigo de la vida, en ese relato y en «Mientras suena Blue oyster cult» el narrador soy yo, es mi voz, son mis penas, mis reflexiones, mis rabias, mi tristeza directa al papel sin escalas ni trasbordos; estoy hablando de mi vida. «1983» se basa en una experiencia personal, de la cual ocurrió en mi tierna infancia y de la que no recuerdo muchos detalles, pero si las emociones y me tomé algunas licencias creativas a la hora de contarlas, lo mismo con «Chilenitos», «Lechón al horno» y «Un buen día», de los otros relatos, pues tendrán que quedarse con el misterio de saber cuál es la proporción de realidad-ficción, pero todas tienen algo de realidad. «Almendras confitadas» tiene un valor especial, es el primer texto que me publicaron oficialmente, ese inaugura mi carrera literaria y habla de cine, que es la carrera que dejé atrás —mentira, sigo colaborando en cine, aunque sin la presión de tener que vivir de ello— entonces es como el puente que une ambas y es a la vez la historia de un alejamiento, mi forma de despedirme.

En general siento que en todos los textos que escribo dejo mucho de mí, pero en estos en particular he dejado un poco más que en mis novelas. Siento que, si no eres capaz de pagar ese peaje emocional, de abrirte honestamente a una historia, pues no te dediques a la literatura, busca algo más «seguro».

—¿Con que te gustaría que se quede el lector de este libro?

—Me gustaría que quien leyera estos cuentos se encontrara consigo mismo en estas historias, que buscara algún momento de su vida que se parezca un poco, alguna sensación similar, alguna anécdota semejante y se diga “pucha, yo también sentí eso…” Me gustaría que se lograse esa conexión entre dos personas que no se conocen. Esa es parte de la magia de la literatura ¿o no?

—Con Pequeñas Delicias, Rodrigo Muñoz Cazaux consolida una nueva etapa en su trayectoria, alejándose de los géneros fantásticos que marcaron sus primeras publicaciones para explorar una narrativa más cercana, cotidiana y autobiográfica. El resultado es un conjunto de relatos breves que dialogan con la memoria y los pequeños gestos de la vida, reunidos en una edición que apuesta por lo artesanal y lo sensorial. Una propuesta coherente con la mirada del autor: escribir como ejercicio constante, desde lo real, lo vivido y lo compartido.

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