Patricio Morales Lizana en El arte de la navegacion (Alamira ediciones, 2024) parafraseando a André Gidè, establece que descubrir el océano implica perder de vista la orilla, a sabiendas de que mientras más de ella te alejas, más espectral se vuelve todo:
«espérame en el sueño»
«y nos fuimos diluyendo
como aquella fotografía juntos»
Patricio entrega, entonces, en fría y neblinosa atmósfera, estos aparejos al marino:
«no desesperar»
con templanza dar cara a la hora del zarpe.
intuir «cuándo entregarse al oleaje»
Aferrarse a unos cuantos versos como a una tabla de salvación.
Recetario en vaivén para evitar el hundimiento, que advierte hay más por perder que ganar, pero que a cambio ofrece esta compensación: no cualquiera puede hacer alarde de haber naufragado. el naufragio como escarapela o insignia.
«No sabrás otro oficio
que tragar agua salada hasta el hartazgo»
«Aquí se habla el lenguaje del agua»
La moneda de cambio que pide el mar a quien osa surcarlo. un juego de equilibrios que este pareciera dictar: a través de la sal te haré mi semejante
Nuestro hablante con pericia va anudando versos que «traten de subir al aire», o que sean como «aquel salmón que insistió a las piedras»
en el nudo más fuerte de su cordaje, establece:
«…tejemos esas muertes que velamos
y desenredamos de la madeja
estas vidas que asumimos”
Desde una lejanía tal vez irreversible, ese hablante que ya se adentró lo suficiente en el mar, anhela «un bote que nunca deje de flotar».
Un bote de papel que medie la distancia entre él y su mujer. un bote de papel que permita a los ojos buscar de nuevo el horizonte.
Con una nostalgia medida en kilómetros, Morales Lizana, pareciera hacerse eco de estos versos del poeta mexicano Francisco Hernández «…somos fluviales, pero nada sabemos. nada, ni siquiera, flotar»




