Crítica literaria sobre «Abril rojo»: «Que hasta las montañas tiemblen al ver nuestra obra»
Se cumplen 20 años del Premio Alfaguara a Abril rojo, novela con la que Santiago Roncagliolo alcanzó gran popularidad. Narrada en un ritmo vertiginoso en donde se conjugan diferentes tipos de escritura, la narración da cuenta de un país que lentamente se abría paso luego de sufrir una etapa traumática.
El fiscal Félix Chacaltana ha regresado a su natal Ayacucho luego de toda una vida en la capital. Arrastra un dolor. En Ayacucho murió su madre en trágicas circunstancias, se propone reconstruir su habitación logrando una suerte de pieza de museo, recolectando con paciencia los diferentes objetos.
Cree en las instituciones. Le preocupa el marco legal y seguir el debido proceso, pero es justamente esta inclinación la que le hace tener los primeros roces con otras ramas del Estado, principalmente con el capitán Pacheco de la policía y el comandante Carrión del ejército.
Todo comienza con el primer informe que le toca escribir, referente al hallazgo de un cadáver. El cuerpo evidencia señales de haber sido quemado y sometido a torturas. Como aclara el forense Posadas, ese nivel de daño no responde a un fuego común y corriente: «nunca había visto a nadie tan carbonizado», señala. Leyendo entre líneas lo que le dice Edith, la joven que atiende en la posada a la que suele ir a almorzar, deduce que el crematorio perteneciente a la Iglesia puede haber tenido relación. Al preguntarle al Padre Quiroz no saca nada en limpio, no pasa nada en su iglesia sin que él lo sepa pero desliza que poco antes había despedido a un trabajador con llaves del recinto, Mayta Carazo. A partir de ahí comenzará a sacar información y desenredar una madeja bastante más oscura que lo que parecía en un comienzo.
Terrorismo
Un manto de duda rodea el asesinato. En un país como Perú que tuvo que lidiar con ese trauma del terrorismo, cualquier muerte violenta puede reavivar traumas del pasado. Y es que la estela de violencia que Sendero Luminoso sembró en el país desde inicios de los 80 hasta mediados de los 90 no fue algo pasajero. Liderados por Abimael Guzmán (Presidente Gonzalo en la jerga guerrillera), un profesor de filosofía de la Universidad de Ayacucho que a mediados de los sesenta decide formar su propio partido, insatisfecho con las opciones que ofrecía el Partido Comunista. Para él era evidente que ninguna de las agrupaciones de izquierda estaba dispuesta a hacer lo necesario para alcanzar la meta. La guerra popular consistió en el levantamiento en armas del mundo rural, utilizando el terror como medio habitual de sometimiento. Asesinatos dirigidos en contra de políticos, incluyendo también representantes de izquierda, todo aquel que se mostrara dialogante con la democracia y escéptico frente a la lucha armada, así como asesinatos al azar con bombas.
La novela se desarrolla cuando todo eso está en el pasado, pero uno reciente. Estamos en el año 2000 en Ayacucho, y Guzmán fue detenido el año 1992. No por nada cuando Chacaltana viaja a Yawarmayo para oficiar como observador en la próxima elección presidencial es testigo de señales inquietantes: por la noche se escuchan Vivas al Presidente Gonzalo, en una de las laderas del cerro aparece una hoz y martillo dibujado a fuego y cada tanto se encuentran perros colgados del alumbrado público con advertencias a los traidores.
Lo bueno es que se logra retratar la violencia desde una óptica amplia. No se romantiza a Sendero pero tampoco se pasa por alto la brutalidad del ejército, que actuaba con la lógica de golpear primero y preguntar después. El maltrato y humillación a la población quechuahablante parece difícil de creer, como cuando Chacaltana, en vista que en Yawarmayo no hay hospedajes, va a una casa particular junto a un policía a preguntar si pueden darle alojamiento y como la familia se muestra desconfiada el uniformado enseña el garrote, amenazantemente. No podían disponer de qué hacer en su propia casa porque eran ciudadanos de segunda, eso estaba detrás. Así mismo, se habla de los métodos de tortura para obtener confesiones: el prisionero colgado de sus manos por días enteros, como le ocurre al hermano de Mayta Carazo, sospechoso de pertenecer a la agrupación. Daba lo mismo que afirmara no saber nada y entregara respuestas consistentes. Como afirma el teniente Cáceres, el terrorista nunca reconocería y si dice que es inocente es señal para profundizar el castigo.
Fuego contra fuego
En este intento de alcanzar una mirada global son muy interesantes los encuentros que Chacaltana sostiene con Hernando Durango, camarada Alonso en la jerga, recluido a perpetuidad en el penal de Huamanga de máxima seguridad, con quien se entrevista para seguir una hebra del caso. Escuchando a Durango el lector puede caer en cuenta que existe una zona gris, una tierra de nadie en que la que es difícil asignar responsabilidades, como cuando hablan de la culpabilidad y el condenado pregunta:
—Hay un reo por repartir propaganda senderista, pero es analfabeto. ¿Culpable o inocente?
El fiscal buscó mentalmente en el ordenamiento jurídico en busca de una respuesta mientras tartamudeaba:
—Bueno, en un sentido técnico, quizá…
—Otro está preso por arrojar una bomba a un colegio. Pero es retrasado mental. ¿Inocente o culpable? ¿Y los que mataron bajo amenaza de muerte? Según la ley son inocentes. Pero entonces, señor fiscal, todos lo somos. Aquí todos matamos bajo amenaza de muerte. De eso se trata la guerra popular.
Por supuesto que se debe juzgar, pero abre interrogantes, ¿Cuántos de sus miembros actuaban convencidos?, ¿cuánto había de miedo?
Hay una integración de diferentes tipos de texto. Junto a la narración propiamente tal con un neutro narrador en tercera persona, están los informes que le toca redactar a Chacaltana, además de unas páginas misteriosas, plagadas de faltas de ortografía, que asumen una voz como de conciencia de pueblo, «el partido tiene mil ojos y mil oídos», en palabras del camarada Alonso, una idea a la que se vuelve recurrentemente. Los textos jurídicos permiten un tipo involuntario de humor; el lector es testigo del modo en que se distorsionan diferentes acontecimientos en informes que desafían toda lógica, como en el primero que redacta el fiscal, en el que afirma que la quema del cuerpo se produjo porque el incauto se quedó dormido en estado de ebriedad en momentos en que caía una fuerte lluvia con rayos, cayendo uno en el granero que lo cobijaba y como el lugar estaba repleto de material acelerante, rápidamente el fuego se volvió incontrolable. De esa forma el fiscal consigue cerrar el caso sin alertar a la opinión pública y logrando, por un tiempo, ser bien considerado por sus superiores. Pero lo interesante es como esto permite cierta distancia ante la llamada verdad oficial, la que se termina imponiendo. Finalmente se trata de un tono, una elección particular de palabras y alejarse de las emociones. Jugar a la objetividad.
Hay una relación entre la idea del sacrificio de la iglesia católica y Sendero. Ya con las citas del inicio el lector puede compenetrarse con la idea de iluminación: «La guerra es santa. Su institución es divina», dice en su primera línea la cita a Helmot Von Moltke. Hay una idea de causa santa y si uno es el soldado del ejército de la claridad es fácil justificar cualquier cosa. Pero, además, el hecho que los acontecimientos coincidan con los preparativos de la celebración de Semana Santa. Al primer cuerpo le encuentran una cruz de ceniza dibujada en la frente y los demás también guardan algún tipo de señal. ¿Se trata de católicos extremistas, es el regreso de Sendero? En el Senderista hay una indiferencia a la muerte, los niños ven a un compañero mayor dejarse matar, lo que les transmite el valor necesario para entregarse de lleno, como cuando Chacaltana recuerda haber ido en un helicóptero militar sobrevolando los alrededores de Huanta y de pronto distinguen a un senderista corriendo llevando una bandera roja. En un momento tiene la posibilidad de internarse en la selva y camuflarse, pero sigue a campo abierto y es abatido rápidamente, «Así demuestra que no le importa morir», dice el piloto.
Abril Rojo es una novela escrita en un ritmo acelerado con un eficaz empleo de la frase corta, pero cuando se requiere baja la velocidad para describir el paisaje o hablar de la tristeza que le provocó el primer cuerpo, sin familiares, sin nadie que lo llore: «Cuando alguien así deja de existir, es como si nunca hubiera existido, como si hubiese sido un rayo de sol que no deja rastros después, cuando cae la noche». Si bien al término asume de forma más evidente los vicios del thriller, con diálogos explicativos y la necesidad de atar todos los cabos sueltos sin que haya espacio para la ambigüedad, no deja de ser una narración llena de vitalidad, con personajes consistentes y verosímiles, con contradicciones, en la que se evidencia la búsqueda de entender la realidad desde diferentes perspectivas. Un relato que ha resistido muy bien al paso del tiempo que retrata la violencia en distintos niveles, considerando también la doméstica, en contra de la mujer.
Ficha técnica:
Título: Abril rojo
Autor: Santiago Roncagliolo
Novela
328 páginas
País: Perú
Año primera edición (Alfaguara): 2006 (reeditado el 2022 por Seix Barral)
Premio Novela Alfaguara