Martes, Julio 23, 2024
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Christopher Rosales:«Me interesan los personajes llenos de sueños rotos»

Fotos: Gentileza del autor

 

Rosales es apasionado con lo que hace: desde enseñar en diferentes universidades como a la hora de escribir. En esta entrevista nos contó cómo llegó a la Editorial Viuda Negra y también sobre el proceso creativo al escribir Un Clavo para sacar los chicles de las mesas, entre otras cosas. Te invitmos a leer la entrevista.

—Cuéntanos sobre ti

—Esta probablemente será la pregunta más difícil de esta entrevista. Qué difícil escoger cómo presentarse. ¿Qué puedo contar de mí? Por eso mismo me suele ir mal en las aplicaciones de citas. Cuando escribo por último me escondo detrás de mis personajes y narradores, pero tener que decir esto soy, me cuesta. Veamos qué sale.

Me dicen Chris. Lord_qryz en redes sociales. Soy profesor y escritor. Trabajo actualmente en la Universidad de Chile y la UTEM. Soy libra. Nací y crecí en la Villa Francia. Vivo con mis perros. Con y para ellos. Me gusta la literatura japonesa, la filosofía, el animé y el cine de horror. Juego videojuegos. No me enorgullezco de ello. Mi comida favorita es la thai. Y, como dijo alguna vez Édouard Levé, soy consciente de que tal vez el día más feliz de mi vida ya pasó.

—¿Cómo llegaste a la editorial Viuda Negra?

—En pandemia me hice amigo de Nicole, la mente maestra tras Viuda Negra. Ya nos conocíamos de antes. Una vez fuimos junto a otros amigos en común a un escape room. Le caí mal porque a su juicio no estaba tomando en serio el juego. Me quería quedar encerrado para siempre. Luego llegó la pandemia y fui consciente de que no era la mejor de las ideas. Ahí comenzamos a hablar más. Jugábamos Among us y, por supuesto, hablábamos de libros. Yo ya conocía a Viuda Negra porque trato de conocer bien el medio editorial; deformación de mi etapa de librero. Por su parte, ella había leído Canciones espectrales y entiendo que le gustó o eso me dijo. Entonces hablamos de hacer algo juntos y empezamos a trabajar en estos trípticos. Yo ya venía trabajando el primero, Consejos para quitar la sangre del colchón, con mi amigo ilustrador Valentino Campos, cuyo trabajo es tan sugerente que Nicole lo fichó para otro proyecto de la editorial del que no sé si puedo adelantar nada, pero como dicen, se vienen cositas.

Nuestra idea desde un principio fue sacar tres libros de relatos ilustrados. Cada uno con tres relatos. El conjunto se llama Trípticos. Un clavo para sacar chicles de las mesas es el segundo. Son historias aparte, no necesitas leer uno para ir por el otro, pero su composición está pensada en estas tres entregas. Vamos en el segundo y espero que el azar nos permita tener el tercero.

—¿Cómo fue el proceso creativo de tu libro?

—Como te decía, pensé el libro en tres partes. Cada parte tiene un hilo conductor. El primero tenía que ver con la sangre, su crudeza y su relación ambigua entre la vida y la muerte. Este segundo habita un lugar que desde mi interés profesional y también político y social me resulta cautivador y desolador: el aula. Dos de los relatos que integran este libro, ya los había escrito en función de esa postura y ahora los retomé, retrabajé; derechamente los reescribí para sacar de ellos lo mejor posible esas voces y problemáticas que me interesaban. Uno de ellos va sobre la idea del sentido, desde la perspectiva del estudiante, de los contenidos y aprendizajes en el marco de un mundo hostil. Y de paso de la mala pedagogía. El otro, sobre un tema que siento inminente desde hace años en nuestro país: una masacre escolar. Una masacre chilensis.

El relato que vino a cerrar este libro es para mí el principal, en términos personales, extraliterarios. Quería escribir sobre mis amigos, mis vecinos, mi población. Quería hablar de la violencia y sobre el sonido de esas voces despreciadas. Flaites, cumas, marginales. Y sobre el colegio como telón de fondo. Sobre su irrelevancia. Ahí es que di con una historia semirrobada. La del palo con un clavo para quitar chicles de las mesas.

—Tu forma de escribir, ¿cómo la definirías?

—Mi escritura es fragmentaria. Con poco respeto a las convenciones, por ejemplo, en materia de narradores. Con mucha presencia de la oralidad. Con mucho humor y con mucha violencia, cosas que creo indivisibles. Y esto último no sé si es de forma, pero sin duda es una decisión estética: me interesan los personajes llenos de sueños rotos. No desde lo meloso, sino como resistencia. Sueños rotos o absurdos. Quijotescos si nos queremos poner siúticos. Como el pendejo que quiere ser futbolista, la niña que quiere aprenderse a la perfección los bailes de sus k-popers favoritos, la banda de metaleros adolescentes que tarde o temprano se disolverá, la cosplayer desvelándose para conseguir el traje lo más parecido a su personaje preferido, el que quiere ser influencer o streamer, etc, etc. Todos esos sueños son absurdos, pero lo son no por sí mismos, sino porque están fuera de las lógicas neoliberales de mano de obra y el capital humano. Por lo mismo son imposibles. Que existan me parece un acto de inocencia maravilloso que se resiste al sentido lógico de la vida. De esta vida. Si a eso, además, le sumas un entorno precarizado, tienes una serie de voces condenadas a perder, pero que de todos modos se resisten por el mero hecho de existir, de mostrar un pedazo de realidad inútil y por lo mismo invaluable. Como querer ser escritor.

—¿Qué te inspira a la hora de escribir?

—La rabia.
Y el humor.

—Si tuvieras que juntarte con algún escritor o escritora a conversar, ¿con quién sería?

—Uff, depende. Vivo, muerto, de literatura, de no ficción…

Cuando estudiaba literatura, hablaba harto con Zurita. Me gustaba conversar con él, lo encontraba muy interesante y como, a diferencia de lo que se pueda creer, mis compañeros faltaban muchísimo a sus clases, solíamos tener tiempo para hablar. Era bacán. Me gustaría volver a conversar con él, pero probablemente ni se acuerda de mí y que lata volverme una suerte groupie, esperándolo afuera de su oficina.

Me encantaría conocer a Mariana Enríquez. Me gusta mucho su literatura y me encantaría conocer su visión sobre el género más de cerca.

Pero con quien realmente me hubiese encantado hablar, es con Mark Fisher. No es literatura, pero sin duda fue un gran lector y su visión política me parece relevante y cautivadora. Desde luego no solo me resultaría imposible porque qué haría Fisher hablando con un pelagatos como yo, sino por la evidente desventaja de que está muerto. De todas formas intento hablar con él cuando escribo ensayos. De hecho, cuando lo hago uso a mi alter ego que, en el ánimo de abrir un portal entre vivos y muertos, lleva una deformación de su nombre: El Mark Fixa.

— ¿Por qué el título de tu libro?

—Un amigo que hacía clases en un colegio de Estación Central, en la Población los Nogales, me contó una historia muy interesante sobre un chico que en una pelea tomaba un palo con un clavo para pegarle a su compañero. Ese palo con un clavo era del conserje; lo usaba para sacar los chicles que las mesas tenían pegados. Me enloqueció la potencia metafórica —y también la real— de ese utensilio. Es de esas cosas que no son «escribibles», es decir, no podría ser creación mía ni de nadie. Peleas escolares vemos siempre, podemos imaginar a un chico con una navaja, con una pistola, hasta con un palo, pero esa verdad inasible me parece cautivadora: la de un palo con un clavo hechos para sacar chicles y usados como arma en una pelea. Creo que ese artefacto funciona alegóricamente muy bien para retratar una verdad que suele representarse con muchos clichés.

—¿Dónde podemos encontrar tu libro?
De momento a través de venta directa en www.viudanegraediciones.com o a través del Instagram de la editorial. Prontamente se sumarán más puntos de venta.

Francisca Gaete Trautmann
Francisca Gaete Trautmann
(Santiago, 1985) Periodista de la Universidad Gabriela Mistral. Ha trabajado para revistas, televisión y medios online. Ha seguido cursos de escritura creativa. Le encanta escribir, escuchar música. Vive en Santiago.
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