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Inicio/Colaboraciones/Daniel Rozas: «Creo que, desde cierto progresismo chileno, hubo una apropiación simbólica de la figura de Bielsa»
Colaboraciones

Daniel Rozas: «Creo que, desde cierto progresismo chileno, hubo una apropiación simbólica de la figura de Bielsa»

Joaquín Escobar
Por Joaquín Escobar
Julio 9, 2026 8 Min de lectura
Lecturas: 67

 

En revista Lector conversamos con Daniel Rozas sobre Aprender a perder, su nuevo libro de crónicas-ensayísticas sobre el fútbol chileno. Entre recuerdos con Francisco Mouat y críticas al bielsismo moral, asistimos a un texto fundamental para entender la década del noventa.

 

¿Por qué es importante aprender a perder?

Aprender a perder, es aprender a vivir. La vida es una suma de pérdidas. A medida que uno crece va perdiendo fuerza física, energía, ilusiones, personas. Ojalá, a cambio, uno gane algo de sabiduría en el camino. Aprender a perder es aceptar el envejecimiento, la muerte y, sobre todo, las propias limitaciones. También creo que la derrota tiene una riqueza narrativa que la victoria no tiene. Ganar produce alegría, pero es algo pasajero y no deja mucha huella. Me encanta ganar pero es un polvo aislado. Por el contrario, perder te obliga a pensar. Te exige revisar lo que hiciste, encontrarle un sentido a tu vida e imaginar alguna manera de seguir adelante. Por eso, supongo, las mejores historias casi siempre están hechas de derrotas, esperas y obstáculos, más que de triunfos. En mi caso, además, esa idea de fracaso está ligada a ser hincha de la U en los años 80, cuando perdíamos casi siempre. Mi viejo se crió con el Ballet Azul de los años 60, pero a mí me tocó aprender a esperar, a ser paciente y a seguir acompañando a un equipo que nunca ganaba. Esa experiencia moldeó mi personalidad. Mis comienzos como hincha coincidieron, además, con el final de la dictadura y el inicio de la transición, cuando se recién se hablaba de democracia y el gran símbolo del éxito del nuevo Chile de la posdictadura era el Colo-Colo campeón de América en 1991. La U, en cambio, vivía otra historia. Por eso el campeonato de 1994 sigue siendo, hasta hoy, la victoria futbolística más importante de mi vida. No solo porque puso fin a veinticinco años sin títulos, sino porque le dio sentido a muchos años de espera. Y creo que esa espera terminó enseñándome mucho más que cualquier triunfo.

 

A lo largo de todo el libro apreciamos un fútbol que dejó de existir. Hay una exploración por el tiempo perdido. Incluso, las conversaciones con amigos o familiares buscan recobrar el pasado futbolístico del país, un lugar en el que los diálogos sobre la actualidad están vedados. La literatura como un espacio en el que se suele volver a la niñez. 

Hay harto de eso, pero creo que el libro no evita el fútbol actual. De hecho, aparecen partidos recientes de la U, la experiencia de volver al estadio y también una mirada crítica sobre Los de Abajo de hoy. No quise escribir un libro diciendo que antes todo era mejor.

Lo que sí me interesó fue rescatar la memoria emocional. Creo que el fútbol forma nuestro carácter entre los once y los veinte años. Ahí se fijan las primeras lealtades, los ídolos, las derrotas y también la manera en que aprendemos a mirar el mundo. Esas impresiones son muy difíciles de reemplazar. A mí me tocó crecer entre el plebiscito y el Mundial de Francia. En esos años vi el episodio del Cóndor Rojas, el descenso de la U, a Colo-Colo campeón de América, a Coquimbo Unido jugando la Copa Libertadores, a la Universidad Católica finalista de la Copa Libertadores, a la U de Marcelo Salas rompiendo veinticinco años sin títulos y a la selección chilena clasificando al Mundial. Más que una sucesión de resultados, ese fue el paisaje sentimental de mi infancia. Javier Marías decía que el fútbol es la recuperación semanal de la infancia, y tiene razón. El fútbol nos devuelve a la época en que aprendimos a quererlo. En mi caso, esa formación ocurrió entre 1988 y 1998. Ahí están las primeras conversaciones con mi papá, las discusiones con los amigos después de una pichanga, las tardes leyendo El Gráfico, los primeros ídolos y las primeras decepciones. Por eso los jugadores que uno descubre de cabro chico son eternos. Para mi viejo fue Pelé; para mí, Maradona; para los más jóvenes, Messi.

 

Citas a Jorge Teillier, Pablo de Rokha, Juan Villoro y Efraín Barquero. Pareciera que fútbol, literatura y melancolía son fenómenos que no se pueden separar.

Creo que el vínculo entre fútbol y literatura pasa, primero que todo, por la conversación. Antes de los libros está la oralidad. Las primeras historias que escuchamos y contamos nacen hablando con alguien. En mi caso, esas conversaciones fueron con mi viejo, camino al estadio, de vuelta a la casa o mientras íbamos a comprar El Gráfico.

Después aparecieron los libros. Y los escritores que mencionas se fueron convirtiendo en interlocutores. Uno conversa con los amigos, pero también con los autores que te acompañan durante años. En el caso de Teillier y De Rokha, además, encontré una forma de entender un país que no aparecía ni en la televisión ni en los discursos oficiales de la transición. Pero yo no soy una persona nostálgica. No quisiera volver a vivir mi infancia ni mi adolescencia. Soy muy feliz con la vida que tengo hoy. Lo que sí creo es que esas primeras experiencias nos forman y nos acompañan siempre. El libro vuelve a ellas no para idealizarlas, sino para entender de dónde nace cierta manera de mirar el mundo.

 

En varios pasajes del libro hablas de Francisco Mouat, ¿cuánto influyó su obra en tu escritura? 

Mucho. Mouat fue el primer escritor chileno que se tomó el fútbol en serio como tema literario. Lo leí muy joven y, en los años noventa, había pocos autores chilenos que ayudaran a construir un mapa de lecturas sobre fútbol. Gracias a sus libros llegué al texto de Soriano sobre Obdulio Varela y al cuento de Fontanarrosa sobre el Viejo Casale.

Además, para Mouat la voz de los hinchas ocupa un lugar central. En Soy de la U, por ejemplo, lo que más me interesa es la manera en que las personas hablan de fútbol. Ahí está el lenguaje vivo: el humor, las chuchadas, los modismos, la emoción. Yo desconfío un poco de los libros sobre fútbol que se refugian en la táctica, en los datos o en una emoción impostada que admira todo. Algunos me parecen muy valiosos como periodismo deportivo, pero la literatura necesita otra cosa. Necesita escuchar cómo hablan las personas. Pero la mayor influencia que recibí de Mouat tiene que ver con su manera de ejercer el periodismo. Como cronista nunca tuvo la ansiedad por llegar primero. No le interesaban la sangre en la portada, la primicia ni el golpe noticioso. Prefería llegar después, cuando el ruido había bajado y la escena del crimen estaba vacía, para entender qué había pasado y contarlo bien.

 

Por lo general, cuando se habla de fútbol se lo hace desde lo macro. Fenómeno social, bálsamo de dictaduras y opio de masas son alguno de los conceptos con que suelen definirlo. No obstante, en tu libro apreciamos una relación íntima, de puertas cerradas, un vínculo con el padre que tiene mucho de freudiano. Hay una vuelta de tuerca interesante y poco explorada a lo que por lo general hacen las Ciencias Sociales.

Este es el libro más personal que he escrito. Y no fue una decisión previa. No empecé a escribir con una teoría sobre el fútbol chileno ni con un plan para hablar de la relación entre un padre y un hijo. El libro fue encontrando su propio camino. Por supuesto, aparecieron los años noventa, los estadios, los bares, las revistas, las pichangas con periodistas amigos de mi viejo y un país que estaba cambiando. Todo eso me ayudó a reconstruir una época. Pero, mientras escribía, me di cuenta de que el verdadero hilo conductor eran las conversaciones con mi papá. Él fue quien me hizo hincha de la U Y, mientras avanzaba la escritura, comenzó a enfermarse gravemente. Eso hizo que el libro adquiriera otro tono. Sin proponérmelo, escribir terminó siendo una forma de seguir conversando con él, de recuperar ese lenguaje que compartíamos a través del fútbol. Pero el libro no intenta explicar el fútbol como un fenómeno social. Lo que busca es mostrar cómo el fútbol puede convertirse en una forma de intimidad entre hombres de distintas generaciones en el Chile de fines del siglo XX. A través de esa relación aparecen mi familia, mis amigos y el Chile que me tocó vivir. Los grandes partidos y los grandes hitos están ahí, pero siempre atravesados por una experiencia personal.

 

Resulta necesario y gratificante que valores todo lo que hizo Nelson Acosta por el fútbol chileno. Por lo general, su trabajo se minimiza (tal como lo hizo Karina Oliva), atribuyendo sus logros a la suerte y a lo ratonil.  

Sí, porque con el Pelado Acosta se ha sido muy injusto. Y el episodio de Karina Oliva me pareció lamentable. Ella dijo que en el Frente Amplio hacían política «como Bielsa y no como Acosta», porque Bielsa representaba la virtud y Acosta el gatopardismo. Me pareció una declaración ignorante, una falta de respeto y, una simplificación burda de la historia del fútbol chileno. Creo que, desde cierto progresismo chileno, hubo una apropiación simbólica de la figura de Bielsa que terminó empobreciendo la discusión futbolística. Se empezó a valorar más el discurso ético de los entrenadores que sus méritos futbolísticos. A mí, siempre me han interesado los técnicos que trabajan con lo que tienen y que ponen a los jugadores por delante de su propio personaje. Acosta sacaba el máximo rendimiento posible de sus jugadores sin construir una épica alrededor de sí mismo. Lo hizo en los clubes y también en la selección. Además, la idea de que sus equipos eran ratones no tiene sustento futbolístico. Basta recordar la Unión Española que le ganó al Cruzeiro de Ronaldo Nazario en la Copa Libertadores o la selección chilena de Francia 98 para darse cuenta de que eran equipos inteligentes, competitivos y atractivos de ver. El Pelado Acosta nunca intentó vender una imagen ni convertirse en un referente moral. Simplemente hacía muy bien su trabajo. Nunca se las picó de gurú como Bielsa.

 

¿Estás viendo el Mundial? ¿Cuál es tu relación con este neo-fútbol?

Sí, lo estoy viendo y lo estoy disfrutando. Tener treinta y nueve días seguidos de fútbol es un regalo. Además, los horarios son ideales porque hay partidos desde la una de la tarde hasta la noche, así que, si uno tiene tiempo, puede ver hasta cuatro en un día. Lo mejor, además, es que el Mundial volvió a juntarme con mis amigos para ver y conversar de fútbol. He visto partidos muy buenos. Me impresionó Argentina con Messi. También disfruté a Harry Kane y a Bellingham frente a Croacia, y a la Francia de Mbappé, que ya suma 16 goles en 16 partidos mundialistas con apenas 27 años. También me sorprendió Nmecha, de Alemania, que me pareció un mediocampista extraordinario. Por eso no comparto demasiado la idea de que el postfútbol haya terminado con este deporte. Hace poco lo vimos también en la Champions, con el PSG 5-4 Bayern, y, más cerca en el tiempo, cuando la UC le ganó a Boca en La Bombonera con un golazo de Clemente Montes. El fútbol sigue siendo capaz de producir la misma emoción de siempre. Lo que cambió fue el entorno. Vivimos en una sociedad donde todo tiende a convertirse en exhibición. Basta subirse a una micro o ir a un concierto para ver a todo el mundo pendiente del celular, mostrando su vida. Entonces, ¿por qué el fútbol habría de ser distinto? Es inevitable que también se contagie de esa lógica. Hay cosas de este Mundial que no me gustan, como las interrupciones para insertar publicidad, porque rompen el ritmo de los partidos, o cuando las transmisiones enfocan a hinchas más preocupados de salir en cámara que de lo que ocurre en la cancha. Pero cuando la pelota empieza a rodar, todo eso pasa a segundo plano.

 

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(©️ Foto: Daniel Rozas por  Eduardo Sanzana)

 

Etiquetas:

Aprender a perderDaniel Rozas
Joaquín Escobar
Por autor

Joaquín Escobar

Joaquín Escobar (1986). Escritor, sociólogo y magíster en literatura latinoamericana. Es autor de los libros de cuentos Se vende humo y Cotillón en el capitalismo tardío, ambos con la editorial Narrativa Punto Aparte.

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Editores: Iván Martínez B., periodista / Carla Salazar L., magister en edición.

Colaboradores frecuentes: Francisca Gaete Trautmann, periodista / Joaquín Escobar, sociólogo y escritor / Ernesto González Barnert, poeta y cineasta / Juan José Jordán, editor.

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