Monocromías
Por Ricardo Maldonado Gana
En la tarde de la nada dimos otro paseo a la panamericana en el bus, con las mismas siluetas que ayer me pateaban en el piso diciéndome que no, no decían otra cosa, solo decían que no; pasaban las sombras en la ventana como los versos de la canción de la letra favorita de una chiquilla que me gustaba pero la canción era terrible y me irritaba hasta vomitar:
“Que extraño ayer me sonaste
vos en el baúl disonante
que creí con una rabia desesperante
otra vez poder describirte
voy a intentarlo otra vez
aunque si de romance fuera a contarte
yo ya llegué tarde(…)
Y yo pensaba, como en un ciclo, en la emoción cruda del fracaso en el amor. Me sentía como la piedra del zapato en la arena que se azota hasta la libertad para quedar entre el mar y el viento fracturando al bucle de los mil rechazos chocándose con las piedras una contra otra comenzando a tambalear en la silueta de los monosílabos del no-no-no. Y de fondo pasaba la canción
…y no me importa cuanto
al tiempo lo demoren
al tiempo infeliz
al tiempo ingrato
di tiempo, di palabras
-di tiempo, di palabras- Yo sé que no podré ver el mismo atardecer todos los días, que no recordaré todo lo malo, que no tendré al mismo gato en mis piernas mil veces, que no descansaré en el mismo lugar de mi cama todos los días, pero yo de verdad podía pensar en lo muchísimo que significa poder imaginar vivir contigo , aunque, las siluetas seguirán diciéndome que no, y yo seguiré en el mismo piso de Santiago estudiando, sintiendo una máquina de coser en la piel con cada no, no, no, desde el mismo rumbo que dejamos la última vez que nos vimos. De fondo se escuchaba el final de la canción
que yo lo cargaré mientras se pueda
disolviendo al errante y al desastre
en otras mañanas que tengan buenas tardes
miraremos los mismos árboles
en el desafiante ayer disonante de estas palabras”
En el telón un puente de noche adelantan la vida del transeúnte incómodo, del metro lleno y el saldo insuficiente, aparecen en las siluetas. El sueño febril de la carretera y el clavel que marchitó vuelven pensando en que aún te atrevías a vivir la vida conmigo. Pero (no, no, no) esa canción que me irritaba hasta vomitar ahora la canto y hasta la puedo tararear.