Jueves, Septiembre 29, 2022
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«El saqueo del deseo femenino»

 

En algún lugar se aloja. Desde lo no conocido sabe todo lo nuestro. Omnipresencia le dicen. Cada creencia modifica su nombre. No importa como lo definamos, camina siempre tras nosotras. Sin preguntarnos niega lo prohibido. Batalla para acallar el lugar oscuro que todas habitamos, pero el deseo se irgue invicto ante él. La puerta se cierra y abre cien ventanas. No está dispuesto a abandonar el lugar asignado y desde ahí nos quema hasta las entrañas.

El deseo femenino se gesta en lo escindido. El arquetipo de la madre inmaculada no da cabida a ningún otro placer que no sea la crianza abnegada. Impensable ver goce sexual en ella. Está en la luz, en lo correcto y lo divino. Ha todas en algún momento el deber ser nos ha instalado en esa luminosidad. De una u otra forma zafamos, porque sabemos que el deseo se anida, desembocando en placer y no estamos dispuestas a impedirlo. La virgen María se queda en las iglesias. Nuestros cuerpos no buscan feligreses.

Pero el placer vivido no está exento de culpa. Se espera de nosotras una especie de «deseo invisible», no se nombra pero existe. El goce que deviene de lo erótico, de lo sexual pareciera estar permitido solo en lo sombrío de la experiencia. Declararlo lo transforma en patrimonio público, en vitrina, a la mano de algún «comprador» que quiera satisfacerlo. ¿Quién sabe lo que deseamos? ¿Por qué el imaginario masculino cree saberlo? Esa idea emerge porque el sexo se construye desde ese sitio, bajo sus normas y reglas orientadas a su satisfacción.

Si nos seguimos pensando sexualmente desde ese lugar , nuestro deseo quedara encerrado en la parte oscura de la esfera, creyendo  indecoroso que no se condiga con la «luminosidad» esperada.

Y en aquel encierro quedó la protagonista del cuento «Antonina» que conforma parte del libro La línea de tu boca de Gina Aguad. El relato nos impregna de la anhedonia que invaden los quince años de matrimonio de Elisa. El día del aniversario se reencuentra con el personaje que siempre ansío su deseo. Desde aquí nos invita a reflexionar sobre el nuestro. ¿Por qué desterramos a sitios oscuros lo que realmente deseamos?

Quizá nunca lo sepamos, pero si sabemos que éste acomete siempre, imposible escapar. Así lo refleja este fragmento: «Cristóbal sintió la pierna de Elisa rozar la suya. No la miro. Se habían conocido antes de que ella conociera a Carlos. Unas noches largas enredadas en sábanas de motel. Eso fue todo».

¿En cuantas sábanas ha quedado nuestro verdadero placer? Se hace necesario completar el goce inconcluso, el no realizado, el negado, el censurado. Nuestros cuerpos reclaman gemidos propios, no los impuestos. Elevarnos, retorcernos, diluirnos en el placer elegido. Es momento de restituirnos lo saqueado.

Alejandra Herrera
Alejandra Herrera (1981). Psicopedagoga, Mg en Neurociencias aplicadas a la Educación y especialista en Estudios de Género. Se ha desempeñado en espacios educativos públicos y privados. Ha cursado diversos talleres de escritura feminista. Desde que conoció el sonido de las letras, no dejo de nombrarlas ni registrarlas. Siempre pone en palabras lo que ronda en su mente.
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