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En «Belgrano» menos nunca será más, sino que el más será llevado al extremo

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Por Nicolás Cruz, escritor

 

Texto de presentación del libro Belgrano, de Marcelo Pérez Zúñiga

La Furia del Libro 2025, Estación Mapocho, Santiago

Belgrano (editorial Narrativa Punto Aparte, 2025) no es cualquier libro, sino que es el primer libro del autor Marcelo Pérez Zúñiga. Es decir, su ópera prima. El volumen de cuentos que ojalá abra las puertas a una obra prolífica y con sello autoral. Mi nombre es Nicolás Cruz, soy escritor, guionista y tallerista literario. Lo comento ya que fue este último oficio, el de tallerista literario, el que llevó a que el camino de Marcelo y el mío se cruzaran, y fue en ese taller literario del año 2024, donde tuve la posibilidad de leer los primeros cuentos del autor, los que son parte de este libro.

Antes de hablarles del libro, déjenme contarles una breve historia. Cuando yo era niño, vivía en un barrio periférico de la ciudad, en la precordillera de Santiago. Un barrio donde la crueldad animal, y también humana, eran pan de cada día. Un barrio donde el olor a perro muerto que se extendía por los potreros era habitual, donde los gatos despedazaban ratas y pollitos, para luego ser despedazados por perros, los que a su vez eran despedazados por otros perros de mayor tamaño, que luego de morir eran lanzados al otro lado de José Arrieta, para que se pudrieran al sol en los peladeros, hasta que su carne se descompusiera y sus esqueletos quedaran limpios al sol. Dentro de ese barrio había un grupo de niños taxidermistas, que embalsamaban conejos, gatos, y hasta perros en sus casas, y que cuando sus obras les quedaban mal embalsamadas, lo que pasaba la mayoría de las veces, los dejaban arriba de los árboles, o atrás de un banco de la plaza, o debajo de los autos. No era raro ir a tomar la micro y, que desde un árbol te estuviera mirando un conejo grotesco, espiándote tan muerto y tan quieto, con la mopa asomada por la tripa, desde el más allá. Estas historias que parecen arrancadas de 1890, en realidad sucedían en los ‘80 en Santiago de Chile, y aunque el barrio era la villa Santa Mónica, de Peñalolén, perfectamente podría haber sido el barrio Belgrano.

De las primeras lecturas de Marcelo, recuerdo el entusiasmo que sus historias me generaron, sobre todo porque a poco andar del taller tuve la certeza que el escritor, hasta ese entonces tallerista literario, estaba cocinando en su laboratorio algo más que un puñado de cuentos sueltos e inconexos. En su cocina, llena de ollas grotescas y utensilios demenciales, Marcelo estaba gestando la columna vertebral de un libro de cuentos entrelazados. Un libro excesivo. Un libro grotesco. Un libro absurdo. Un libro cuestionador. Un libro viscoso y esperpéntico, donde los cuerpos de sus personajes amenazaban con perder sus formas de manera continua, con derramar su sangre, su piel, sus huesos y carne a la hoja, y de la hoja, al lector.

Pero volvamos al inicio. Siempre me siento honrado de lanzar un libro, pero sobre todo cuando se trata de un primer libro, ya que es una suerte de nacimiento público, donde algo que ha estado gestándose en la oscuridad al fin sale a la luz. Aunque aclaremos que este no es el nacimiento de un mesías, ni de ser divino alguno, sino un nacimiento más cercano al que experimenta Seth Brundle, protagonista de la película La mosca, de David Cronenberg. O del famosísimo Frankenstein, ser creado a partir de los trozos de seres muertos, por la brutal pluma de Mary Shelley. Un nacimiento del que, como se pueden imaginar, estoy orgulloso de ser parte. En este caso el Frankenstein al que el escritor da vida a través de los ocho cuentos que componen el volumen, lleva por nombre Belgrano, un barrio que el autor va construyendo parte a parte, trozo a trozo, dotándolo de un esqueleto, cubriéndolo de carne, nervios, venas y piel frente a los ojos y narices del lector. Un barrio que late como si fuera un órgano vivo, cruza de corazón e hígado, de carne, metal y dolor. Barrio que tiene la capacidad de sorprender al lector en cada una de sus entregas, y sacudirlo desde las tripas, desde los sentidos, desde los instintos primarios.

Como muestra un botón. En el cuento que abre el volumen, llamado «Una cantidad discutible de patas», un perro, que se ha criado escuchando a su ama recitar la obra de Phillip Larkin, vuelve desde el más allá para llenar el vacío existencial de su melancólica dueña con discusiones filosóficas, diatribas históricas, e ideas revolucionarias caninas, hasta volver su vida un verdadero infierno en la tierra, donde el silencio será un bien en vías de extinción.

A lo largo de los cuentos que componen el libro Belgrano, el escritor va proyectando un barrio, su particular historia político social, su demencial geografía, a sus habitantes, el corazón latiente del barrio. Pero al mismo tiempo va trazando un campo de batalla, un mundo con leyes paralelas a nuestro mundo y una mitología propia, donde los límites entre la vida y la muerte se vuelven difusos. Y dónde también, los límites morales están profundamente trastocados. No sé si les suena a un mundo que conozcamos…

En el cuento «Medio vivo, medio muerto», un hombre vela durante veinte días a su mujer, hasta que el olor pestilente de su cuerpo inunda por completo el barrio de Belgrano, para luego enterrarla en la colina más alta del barrio. Luego de este acto, la muerta decide que su estadía en la tierra no ha sido lo suficientemente larga. Esta resurrección, más cercana a la de «Cementerio maldito» de Stephen King que a la de Jesucristo, se vuelve un punto de arranque de la revolución de los muertos, que deciden regresar desde el más allá, a poblar nuevamente el barrio de Belgrano. Los vecinos reciben con los brazos abiertos a los que vuelven, aunque lo hagan dejando sus trozos por el camino. Un cuento metafórico que nos hace preguntarnos hasta qué punto somos nosotros los que vagamos a través de nuestras existencias medios vivos, medios muertos, ignorantes de nuestra condición.

Un mérito de Belgrano, el libro debut de Marcelo, es que es un libro imposible de leer sin mancharse, sin ensuciarse las manos, sin que contamine nuestras ideas, y quizás nuestras almas. Es que el universo narrativo del autor trabaja a contracorriente de la narrativa chilena actual, donde abundan las plumas prolijas, medidas y certeras, pero poco recordables. En Belgrano menos nunca será más, sino que el más será llevado al extremo, hasta el exceso. Alguna vez un escritor, que no consigo recordar, dijo que la prosa de Norman Mailer no acariciaba al lector, sino que lo apuñalaba. Y uno recuerda más al que lo apuñala que a quien lo hace pasar un momento grato. Algo parecido pasa con Belgrano, que propone un viaje difícil de olvidar.

Otro mérito del libro de Marcelo Pérez Zúñiga es el rico diálogo intertextual que el escritor hace con otros autores, el que, lejos de sobrar dentro de su obra, aporta a su propuesta literaria y la profundiza.

Asimismo, la idea de la revolución, del rompimiento del orden establecido, que subyace en todos sus cuentos, donde la locura de nuestro tiempo se proyecta a un mundo ficticio condensado en un barrio, que se sustenta por las estrategias y leyes del absurdo. Aunque, a poco andar, el lector caerá en la cuenta de que ese mundo excesivo, demencial y absurdo que construye el autor está mucho más cercano al nuestro de lo que estamos dispuestos a aceptar.

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