Natalia Berbelagua se dedica a la escritura desde Valparaíso. Como ella misma lo expresa, escribir la hace sentirse «viva» y esa vitalidad recorre cada página que crea. Independencia, editado por Kindberg, es una obra para los que crecimos en los 90, pero también para las futuras generaciones. Te invitamos a conocer a Natalia en esta entrevista.
—¿Nos puedes contar de ti y de tu fuente de inspiración a la hora de escribir?
—Soy una escritora diaria, aunque sean un par de frases, fragmentos. Me hace sentir viva. Necesito comunicarme de alguna forma. Tengo muchas ideas dando vueltas y es una forma de darles espacio, de conocerme. Estoy acostumbrada también, escribo desde muy chica, desde los nueve años, sin duda se transformó en mi lenguaje. No sé si tengo una fuente de inspiración más que tener una mirada reflexiva ante la vida. Me emocionan aspectos desconocidos de mi personalidad y los personajes callejeros que veo a diario. Vivo en Valparaíso, que una ciudad muy estimulante en todo sentido. Desde aquí puedo crear y pensar. Es mi refugio, pese a que es un puerto en ruinas.
—¿Desde cuándo necesitaste escribir? o ¿la escritura siempre estuvo presente en ti?
—Partí a los nueve, un domingo, cuando me regalaron mi primer diario de vida. Fue extraño tener un lugar realmente mío. Por nuestra casa pasaba mucha gente, principalmente familia, lo que me hacía necesario tener un espacio personal. Crecí con gente adulta, muy expresiva, que comentaban lo bueno y lo malo. Esa extrañeza me llevó a la escritura. Creo que escribí mi primer cuento a los siete. Se trataba de unos niños que abordaban una nave espacial y se iban a un planeta llamado «Stabilo» como los destacadores típicos de los noventa. Mi mamá desde muy chica me llevaba al Parque Forestal a ver conciertos y a las ferias de libros. Ella influyó mucho en ese aspecto. El que ahora sea cotidiano para mí, está teñido de esas experiencias.
—¿Se podría decir que Independencia es una mini biografía tuya o para todas las mujeres que vivieron los años noventa?
—Es un libro autobiográfico entre el año 1997 y 1998. Año de profundos cambios en mi casa. Íbamos a dejar Santiago por primera vez, nos iríamos a vivir a otra ciudad, nacieron mis hermanas chicas, mi abuelo recibió una herencia. Fueron años bien agitados, donde tuve que salir de la infancia tradicional para abrirme camino en una adultez anticipada. Creo que relata bien ese paso que a veces es forzado. El colegio de monjas, los delirios religiosos y lo que pasaba en mi barrio me abre a otras personas, que pueden haber vivido situaciones parecidas a las mías.
—¿Tu libro está relacionado también con la «independencia» de la protagonista?
—Abarca un barrio de Independencia en Santiago, que fue donde crecí, con estímulos raros, como los pacientes del Hospital Psiquiátrico que está cerca y que iban a pasear los domingos a la plaza que estaba frente a mi casa, las idas al Cementerio General a ver a nuestros parientes muertos, la ludopatía de algunos vecinos que se la pasaban en el Hipódromo Chile, el Santa Laura también, con sus recitales y partidos de fútbol. Todo eso se sumó mi necesidad de Independencia personal, al quiebre de la niñez por dar paso a mi individuación, un tanto anticipada por lo demás.
—¿Cómo definirías a la protagonista?, ¿en quién te inspiraste? ¿En ti o en alguien conocida?
—Es una niña curiosa, con sentido del humor y con una extrañeza a prueba de todo. Es como era yo en esa época. En un momento del libro lo digo: «quiero ser santa pero mostrando el ombligo», eso define muy bien mi necesidad de emancipación, pero también el delirio religioso por el que pasé, creyendo que si daba la vida por mi mamá, ella terminaría con sus enfermedades. Así que en realidad no hay inspiración, sino eventos reales, cosas que ocurrieron.
—¿Qué significa para la protagonista (que no tiene nombre, habla en primera persona) Laura Vicuña y todo lo que tiene que ver con la religión?
—La beata Laura Vicuña, era un ejemplo. Murió a los doce años, al dar la vida por su madre. Yo quería lo mismo, una gran enfermedad que me quitara ciertos sufrimientos por los que estaba pasando. La religión era muy fuerte en esos años. En el colegio nos enseñaban el sacrificio, la oración como un vínculo directo con Dios y yo lo creía en ese momento.
—¿Qué cosas te inspiraron al crear este libro? (música, vestuario, películas, series).
—Insisto en que no hay inspiración, sino un trabajo concienzudo de abordar ciertas problemáticas, que sin duda necesitan un ambiente bajo el cual vivir. En ese sentido, la televisión tuvo una gran influencia. De hecho, supe cómo venían los niños al mundo después de preguntarle a mi mamá: «¿Qué es una violación?», porque había visto un capítulo de Mea Culpa. Los Backstreet Boys eran un delirio colectivo entre todas mis compañeras, y soñábamos con conocerlos alguna vez; los dulces de la época, las canciones van generando una atmósfera. Creo que en ese sentido el libro es un retrato de los 90, de una niña que va a un colegio de monjas y debe hacerse grande por estrés familiar.
—¿Por qué es tan difícil abandonar la niñez y empezar a convertirse en mujer?
—La niñez tiene, en el mejor de los casos, un cobijo. Tus necesidades tienden a estar cubiertas, para bien o para mal. Las madres juegan un papel fundamental en eso, nos enseñan cómo debemos comportarnos, pero al mismo tiempo nos castran por cosas sociales. Para mí fue un período difícil, de mucha confusión, pero también con una pureza de corazón que todavía me asombra. Como niñas de los noventa teníamos más responsabilidades que las niñas de hoy, por las ataduras sociales. Convertirse en mujer significa abandonar la etapa de cuidados y adentrarse en una etapa desconocida, donde todo es raro: desde cómo va cambiando tu cuerpo, hasta cómo se te está abriendo la memoria y se conforma el cerebro. Es una etapa realmente muy difícil. Creo que escribir en ese sentido, me ha ayudado a recuperar mi niñez. Estoy trabajando desde lo lúdico y eso significa acercarme a mis recuerdos preciados pero también a los difíciles.
—La amistad es clave en este libro, ¿Por qué?
—En mi caso la amistad lo sigue siendo. Disfruto mucho sobre todo de mis amigas, con las que tengo un vínculo profundo, de hermanas. Con ellas voy creciendo, cambiando, y equivocándome. En el caso del libro, era la posibilidad de ver cómo vivían los demás, buscar parámetros entre lo normal y lo anormal. Y por sobre todo el humor. A mis amigos los escojo o hago match por ese dato. Si te puedes reír con alguien, ya tienes mucho ganado.
—¿Dónde podemos encontrar tu libro?
—El libro está en todas las librerías, así que busquen su favorita y pueden ir por él.




