Domingo, Diciembre 7, 2025
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Oniromancia / Los sellos arcanos, de Winétt de Rokha: un epílogo desde el sueño

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Por Pablo Lacroix,
Director de Editorial Oso de Agua

 

En 1943, en plena vorágine de la Segunda Guerra Mundial, Winétt de Rokha publicó Oniromancia, su penúltimo libro de poesía, en la editorial Multitud. Pese a su potencia simbólica, su musicalidad desgarrada y su claridad alucinada, esta obra quedó durante décadas atrapada en un limbo entre lo íntimo y lo político, entre el dolor amoroso y la mirada revolucionaria, sin obtener la atención que merecía en el canon poético chileno. A menudo relegada a la sombra de su esposo Pablo de Rokha, la voz de Winétt resiste el olvido con la misma fuerza con que se adentra en el misterio: su poesía no demanda ser entendida, sino sentida; no ofrece respuestas, sino visiones.

Esta edición de Oniromancia intenta restituir el carácter autónomo y radical de esa voz. No lo hace mediante una introducción crítica o un aparato bibliográfico, sino a través del gesto que propone este epílogo escrito por Jessica Sequeira. Un texto que, lejos de cerrar o clausurar el libro, prolonga su resonancia, amplifica su eco. Desde la lectura atenta y afectiva, Sequeira nos invita a mirar los sueños de Winétt como mapas posibles de lo real. Su epílogo no solo interpreta, sino que acompaña: camina junto a los poemas como quien atraviesa una niebla espesa y luminosa.

Publicamos aquí ese epílogo como forma de enmarcar la lectura de Oniromancia, seguido de una selección de los poemas iniciales del libro, en su versión original. Este conjunto no busca representar una totalidad, sino abrir un cauce. Al hacerlo, apostamos por una lectura que no repara tanto en el orden o en el archivo, sino en la intensidad.

Oniromancia se publica en conjunto con Satanás, de Pablo de Rokha, como parte de la colección MULTITUD de Editorial Oso de Agua. Esta línea editorial busca rescatar el legado político, estético y literario de autores vinculados a la familia De Rokha desde una perspectiva crítica y contemporánea. La publicación de ambos títulos fue posible gracias al financiamiento del Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, Convocatoria 2023.

La presentación oficial de estos dos títulos se realizará el domingo 1 de junio a las 14:00 h, en el Escenario Estación de La Furia del Libro 2025, ubicada en Centro Cultural Estación Mapocho, Santiago. Participan Patricia Tagle de Rokha (Fundación De Rokha), Igor Venegas De Luca (presentador de Satanás), Jessica Sequeira (presentadora de Oniromancia) y Pablo Lacroix (moderador). Entre los asistentes al evento se sortearán dos ejemplares de estos libros.

En esta nueva edición, además, se incluyen los poemas póstumos de Winétt reunidos bajo el título Los sellos arcanos, ampliando así el alcance y la profundidad del volumen original.

Winétt soñó versos con los ojos abiertos. Este libro vuelve para que soñemos con ella.

 

Oniromancia / Los sellos arcanos, Winétt de Rokha (Editorial Oso de Agua, Edición 2024)
* Libro originalmente publicado en 1943 por Editorial Multitud

 

 

 

*

La lógica de los sueños

Por Jessica Sequeira

¿Puede una parte de la mente permanecer despierta mientras otra sueña? ¿Cómo se filtran las impresiones diarias hasta condensarse en un significado? ¿Cuál es el vínculo entre la conciencia y la inconsciencia a nivel personal y colectivo? La oniromancia, o el estudio de los sueños, plantea preguntas sobre la mente dormida y sus múltiples significados; aplica una técnica científica rigurosa a un material abstracto y nebuloso. Este estudio tiene un propósito en parte práctico, ya que lo oculto de la mente es valioso para crear profecías futuras sobre la esencia del individuo y sobre la historia.

Una larga y rica tradición de interpretación de los sueños se extiende desde los griegos hasta los hindúes, desde la mística Cabalá judía hasta los libros del Corán. Pero más allá de los grandes sistemas, también se han realizado muchas incursiones individuales en la ciencia de los sueños para construir un poderoso arsenal personal de símbolos. La obra de la poeta chilena Winétt de Rokha es un maravilloso ejemplo de ello.

Winétt escribió varios libros de poesía a lo largo de su vida, pero hoy en día sigue siendo más conocida por ser la esposa de Pablo de Rokha, uno de los ‘cuatro grandes’ de Chile junto con Neruda, Huidobro y Mistral. Winétt conoció a Pablo después de escribirle una carta en la que expresaba su admiración por su trabajo, y él se enamoró tanto de sus palabras que viajó a Santiago para pedir su mano. Su padre se negó, pero Pablo persistió en su afecto, llegando incluso a retarlo a duelo. Impresionado, su padre finalmente permitió que se casara con ella.

Además de ser madre de nueve hijos y codirectora activa de la editorial antifascista Multitud, Winétt escribió cuatro colecciones de poesía. Su obra abarca una amplia gama de registros, que van desde poemas sencillos con una voz femenina, hasta composiciones de carácter político, así como otros textos crípticos y surrealistas. Oniromancia, su penúltimo libro de poemas antes del volumen modernista El valle pierde su atmósfera, es muy visual y onírico, como su nombre indica. En él, Winétt construye una mitología personal con una paleta lingüística exuberante y una imaginación inquieta.

Muchos de los poemas de Winétt abordan temas políticos y específicamente chilenos, con referencias a la región araucana del sur, donde el pueblo mapuche tiene una larga historia de lucha contra los colonizadores españoles (y más tarde, contra el gobierno chileno). Estas referencias se mezclan con invocaciones del copihue, la Guerra Civil Española, la Revolución Rusa y el Frente Popular, como respuesta a la creciente amenaza del fascismo a nivel mundial. En sus versos se puede sentir la intensidad de su llamado: “En los trigales de la democracia / arde el copihue del heroísmo y se escucha el redoble victorioso de los tambores americanos, / levantémonos con el heroísmo de las multitudes / mezclados con los gritos de los hambrientos de libertad, / ante la presencia traicionera de los fascistas”.

Sin embargo, incluso en este poema, Winétt se refiere a sí misma como madre. En poemas posteriores el “yo; seducido por ‘niños a montones’ y un ‘hogar sencillo y saludable, florecido con hierbas puras y alondras” debe enfrentarse no solo a una situación política oscura, sino también a los momentos sombríos de la vida doméstica. Sus emociones en conflicto encuentran expresión en un lenguaje transfigurado y brillante, extraído de los sueños.

Oniromancia es un libro breve de poemas y, sin duda, no es un texto alegre. En sus páginas se condensa una gran cantidad de dolor, lo que hace que, en ocasiones, su lectura y traducción resulten casi insoportables. Parte de la ‘historia real’ que subyace en el texto es la aventura de Pablo, el esposo de Winétt, con una hermosa mujer ecuatoriana que visitó Chile. Esta relación parece haberla afectado de manera especialmente intensa, y tanto la observación como las consecuencias de este hecho ejercen su influencia en estas páginas.

En cierto sentido, este es un libro que intenta comprender lo que sucedió, en un lenguaje que, si bien no es del todo críptico, oscurece el evento. Quizás uno pueda pensar en los poemas de Winétt como un acto de conservación, fragmentos de emoción presente que describen un sueño de felicidad que aún no había llegado, ni para ella personalmente ni para la sociedad en la que vivía. En las publicaciones de la revista literaria que coescribía con Pablo, también llamada Multitud, los dos opinaban sobre la actualidad y buscaban patrones y avances en la historia; los intentos de adivinación e interpretación de Winétt forman parte de una misma búsqueda de felicidad, que puede ser tanto personal como colectiva.

Este sueño utópico de felicidad es lo que la nieta de Winétt y un pequeño pero apasionado grupo de personas están tratando de descubrir hoy. La Fundación De Rokha, en la calle Holanda del barrio santiaguino de Providencia, tiene su sede en una casa con una gran reja, frente a una gasolinera. En los últimos años, desde que comencé esta traducción, la fundación ha estado en construcción constante, en un flujo creativo permanente, con renovaciones desde el desarrollo de su biblioteca hasta la apertura de una galería en la planta baja para exhibir obras de arte.

Patricia Tagle, quien dirige el lugar, es una mujer enérgica, con rizos saltarines y una enorme sonrisa. Como muchos de los De Rokha, ella es una artista, con un espíritu plenamente De Rokhiano. Sus pinturas, basadas en la intuición, son un remolino de colores vibrantes. Cuando Patricia me mostró la obra de otro hijo de De Rokha, hermosos y elaborados títeres con caras redondas y blancas en trajes suaves cubiertos de adornos, también reconocí una estética similar, de ese amor por el juego, la fantasía y la invención tan presente en la familia.

Volviendo a los poemas de Winétt, estos se encuentran profundamente influenciados por los cuentos populares chilenos que escuchó durante su infancia, así como por historias de otros paisajes y territorios. En su obra, emergen figuras como Huan Li T’ou, Eglantina y Monita de Palo, cada una aportando un sentido de diversidad cultural y riqueza narrativa. Por ejemplo, Monita de Palo es un relato con múltiples versiones en Chile y Argentina, una de las cuales narra la historia de un rey que, enamorado de su hija María, desea casarse con ella. María, que no comparte ese deseo, le plantea varias peticiones aparentemente imposibles: primero, un vestido hecho con todas las estrellas del cielo, y luego un grupo de jilgueros cantores. Aliado con el diablo, el rey logra cumplir con todas estas demandas, lo que lleva a María a disfrazarse de mono para huir. Un joven la encuentra y la lleva a la casa de su madre, donde el ‘mono’ ayuda en las labores del hogar y, en secreto, asiste a la iglesia con un vestido cubierto de estrellas y una bandada de jilgueros. Finalmente, se revela que el mono es en realidad María, y ella y el joven se casan en una celebración que dura varios días.

Es probable que Winétt recurriera a estos mitos como una alternativa frente a la obsesiva búsqueda intelectual que caracterizó a su abuelo irlandés, Domingo Sanderson, quien se sumergió en temas eruditos como la Ilustración y la Contrailustración. Sin embargo, aunque estos temas eran sin duda fascinantes, él terminó perdiendo de vista cómo vivir. En contraste, Winétt, aunque no se rebeló del todo, adoptó un enfoque diferente. Al igual que su abuelo, estaba en una búsqueda, pero convencida de que había un significado oculto más allá de la superficie de las cosas.

 

 

Este enfoque se ve reflejado en su obra Oniromancia, escrita en 1942, el mismo año en que su marido Pablo publicó Morfología del espanto. Aunque esta coincidencia temporal podría parecer casual, en realidad existe un diálogo secreto entre sus obras, un elemento oculto en el que los trabajos de ambos escritores estaban en constante conversación, construyendo un mundo privado de referencia mutua. Un testimonio de este vínculo es la grabación de una lectura de Winétt en la Biblioteca del Congreso en Washington D.C., donde se percibe la profunda voz de Pablo, al igual que la de Winétt: potente y segura. La similitud en la cadencia de sus voces es lo que más llama la atención, subrayando su íntima conexión.

Pablo, en su ensayo ‘Lengua y sollozo’, refleja este vínculo cuando escribe: “Superando errores y aflicciones, Winétt con su acento mundano hace posible la gran magia trágica y sublimemente heroica del arte, con la que el hombre construye la ansiedad y la unidad conceptualizadas por Cervantes, Job o Esquilo, y vincula lo antagónico”. Después de la muerte de Winétt, su dolorido esposo incluyó secciones conmovedoras en sus obras Fuego negro y Acero de invierno, en las que habla de la importancia que ella tuvo no solo en la crianza de sus hijos, sino también como un símbolo de todo por lo que habían trabajado juntos. Pablo nunca se recuperó del todo de su pérdida.

Las sutiles e imaginativas escenas de Winétt transitan entre los mundos internos y la vida social, abordando grandes temas como el significado y la forma de la historia en un estilo delicado y personal. Sus paisajes visionarios, aunque situados en un contexto social tumultuoso, operan en un registro diferente al estilo combativo de la poesía directamente política de su marido. La obra de Winétt, que presentamos con orgullo, trasciende el papel de musa y apoyo femenino al que a menudo ha sido relegada, y merece toda la atención de estudiosos y traductores, así como de aquellos que buscan la belleza en la literatura.

 *

Hoy, en compañía de la familia de Winétt de Rokha (1894 – 1951), en esta hermosa casa y patio, entre amigos y poetas, con el persistente olor a gas lacrimógeno en el aire, y también la fragancia de jazmín, quiero agregar unas palabras a las que escribí en mi prólogo a la traducción. Esto es posible porque Winétt es una buena autora, y con los buenos autores, siempre puedes decir más, escribir más. En esta casa donde el arte vive colgado de las paredes, dentro de los libros y en el fondo de los corazones, ¿qué hizo especial la Winétt, más allá del honor de ser una ‘De Rokha’, parte de esta tribu tan talentosa? A mí Winétt me enseñó la intensidad, el deslizamiento entre idea e idea que conecta imágenes como en sueños, con una superposición de significados que cambia registros, staccato y lírica, susurro y grito, en un monólogo que te pierde pero te atrapa, que habla de locura sin perder el control, que se hunde en el dolor mientras se logra lo sublime, que es capaz de la militancia pero también de una gran sensibilidad, que habla de mariposas destrozadas, horror y también belleza. Todo está allí. En definitiva es una poesía para nuestro tiempo, y al mismo tiempo eterna, ‘agotada y luminosa’, como dice la poeta.

Estoy agotada y luminosa,
cada rincón de mi cuerpo resucita;
los demonios de la locura
extienden un tapiz con pólvora y tiniebla,
la pasión exalta y languidece
fosforescente, reprimida, desmayada.

No recuerdo exactamente cómo me topé con la obra de la escritora, pero sí recuerdo que hace unos años, cuatro más o menos, estaba leyendo mucha poesía chilena, como una premonición de algo que aún no podía vislumbrar por completo. Las palabras de Winétt me hablaron desde el primer momento, como una intuición, una imagen de sueño. Su trabajo es líricamente denso, y no se te entrega en una primera lectura, y por eso quería traducirlo[2], para adentrar en esas palabras que me llegaron al principio más por su tono que por su mensaje, como colores en vez de formas. Me hablaron de una manera que pude entender, a pesar de no ser inmediatamente comprensibles, las sentí como un alma con alas en un momento de tormenta, como una pasión, como una actitud de creer en la vida y en la poesía, en la liberación de palabras como un huracán de julio. Como una rendición:

Será Primavera y la tierra estará seca y fresca;
entonces una llovizna diáfana caerá
y mi cuerpo cansado se sentirá bien
como las semillas que el sembrador
arroja en los surcos.

Sentí el ambiente implícito de una vida, un esposo, un hogar, hijos, tiempos difíciles en la familia, tiempos difíciles en la política, un mundo en guerra. Más tarde entendería mejor las conexiones biográficas, y la manera en que Winétt delineaba un sueño de felicidad que aún no había llegado para ella personalmente o para la sociedad en la que vivía, pero en la que tenía fe y esperanza. Pero al principio, fue la fuerza del lenguaje lo que me impresionó, no los hechos, no la información, sino otro tono, ni artificial ni coloquial, la palabra en su estado primordial, elegante pero lejos de los lugares comunes, siempre sorprendente. Quería traducir Winétt para vivir dentro de este sueño, o para contarle mi sueño, o para compartir el mismo sueño. Quería profundizar en ese vínculo entre la imaginación y el mundo exterior, que da a las creaciones más extrañas y intrigantes:

Dolor de sentir que somos todas las cosas
que la materia puede concebir: horror, y término y ternura,
ilusión maravillosa y temblor
en la mirada verde del mar.

A veces uno necesita un momento extremo para comenzar a escribir de esta manera, pero después de eso, son las palabras las que importan, el mundo de las visiones, la ciencia de comprender los sueños para leer el pasado y el presente y profetizar el futuro. Así el sentimiento de frustración personal y esperanza personal se pueden ver mapeados a la frustración y la esperanza del mundo. Última frase del poema largo ‘Sinfonía del instinto’, de donde vienen todas las líneas que cito esta noche.

En las noches, muy juntas las manos,
sentirlas tan pequeñas con el mundo en las palmas.

En estos poemas hay de todo: formas de sufrir y grandes alegrías, miradas solemnes de profecía y cuentos de niños. También se encuentran maneras de comenzar de nuevo, no con libros —demasiados libros, como los de su abuelo Domingo Sanderson—, sino con algo diferente, una concentración en las imágenes, en uno mismo, en las formas de percepción del mundo. Mi traducción es la segunda, ya que estos fragmentos coloreados ya han sido traducidos antes: de la lógica de los sueños de Winétt al lenguaje poético.

 

 

En la portada de la antología Suma y destino, vemos un grabado de una mujer con un estandarte, de espaldas a nosotros, frente a un grupo de hombres sin rostro. La tela, su cabello, y las posibilidades de lo que está por venir, bailan en el viento. Y estos poemas siguen bailando en nuestras cabezas, en un baile lento y largo, frente a frente.

La primera parte de este ensayo es una adaptación del prólogo de la traducción de Oniromancia, editada en 1943 por Winétt de Rokha y publicada bajo el título Oneiromancy (Smokestack Books, North Yorkshire, Reino Unido) en 2019. La segunda parte del ensayo corresponde al texto que acompañó el lanzamiento del libro el 13 de diciembre de 2019 en la Fundación De Rokha, Santiago de Chile, en el contexto del estallido social en Chile.

 

 

 

Jessica Sequeira (San José, California, 1989) ha publicado la novela Una ostra furiosa, así como la colección de cuentos Rombo y Óvalo, la colección de ensayos Otros paraísos: Aproximaciones poéticas al pensar en una edad tecnológica y la obra híbrida Una historia luminosa de la palmera. Ha traducido más de veinte libros de autores latinoamericanos, entre ellos Gabriela Mistral, Winétt de Rokha, Teresa Wilms Montt, Daniel Guebel, Osvaldo Lamborghini, Adolfo Couve, Liliana Colanzi, Hilda Mundy y Rocío Ágreda Piérola. En 2019 recibió el Premio Valle-Inclán de la Sociedad de Autores y fue preseleccionada para el Premio Warwick para Mujeres en Traducción por su versión de El país del humo de Sara Gallardo. También edita la revista literaria Firmament, publicada por Sublunary Editions. Ha vivido en Chile durante muchos años y recién terminó un doctorado en el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Cambridge, sobre las conexiones literarias entre Latinoamérica y la India.

 

 

*

 

Oniromancia / Los sellos arcanos
Editorial Oso de Agua, 2024

ELEGÍA EN EL VIENTO DE JULIO

 

Cerrad las ventanas, es el viento y su cola encendida,
es el viento cóncavo del huracán repleto;
el cristal no lo contiene,
arrasa corolas, andamiajes, cielos, zapatillas de raso,
nudos secretos de inmolación rebelde,
todo rodando, envuelto, de costillas, despedazado.

Pero tu cara de ídolo en piedra permanece,
los huesos transitorios de tus manos,
tu pecho donde sólo las mariposas hacen nido,
tus ojos que al mirar no pudieron mirarme.

Arrodillada, imposible,
como un vaso de arroz derramado en el tiempo,
atada a un barco inmóvil
con alas invisibles de un extraño terror.

Nunca fui yo la cadena y la nube,
acaso, hubiera roto la raíz del lucero,
estallando la sombra fatal del torrente en camino.

PLANETA SIN RUMBO

 

¿Quién se ha detenido a mis espaldas?
Alguien apagó la sombra,
una voz me encierra, cerrándome las puertas, cruzándome,
una mueca de cera viene desde muy lejos, desdoblándose.

En el horror de Dios, un pájaro perfila un grito.

La noche es blanca y muerta, la luna, ¿había que decirlo?
sin embargo es negro el reloj e implacable.

Sentimientos proyectados;
¿en dónde está la cabeza del sueño, que no tiene cabeza,
ni pies, ni ojos, ni manos y existe?

Mi cuerpo tendido entre cielo y mundo
se eleva, se resiste, se retrata disgregándose, entre verdes peces alados que ya no tocarán la tierra.

Yo soy mi sombra.

Construyo innumerables ilusiones fosforescentes con palabras
que salieron destruidas al amasarse,
(habría que contar una historia) pero, todas las historias son historias,
y, por lo tanto, engaño.

Hacia la distancia,
¿quién se reconoce en el ayer?

Vehemencia, vehemencia, eres el espejo de lo que ya no es,
te borro de mí misma y te envuelvo con fuego,
rechazándote, como niña de rosa en tiempos dolorosos,
de contienda sangrienta.

“HÚAN LI T’OU”

 

Su forma era la de una mujer que huía, pero la de una mujer
a quien hubiesen cortado los brazos a la altura del hombro.

Porque Eglantina no tenía brazos,
ellos, le habrían pesado demasiado;
mientras que así: frágil, elevada,
estatua de sangre y de tiniebla
penetraba por la ventana azul del sueño.

Alba arrodillada y misteriosa
sobre mármoles negros o blancos o confusos
emitía sonidos guturales y lentos
en lentitud de sombra y pensamientos que no se revelan.

¡Cómo era en esos momentos simples
un ovillo traslúcido, esponjado,
desenrollándose hasta las estrellas!

El altar con sus oros y sus encajes,
la copa de sangre detenida en el viento mañanero
desde donde volaba un espíritu celeste en forma de deseo:
el ovillo se estremecía, atrapaba algo dulce,
algo que corría por sus venas animadas
dentro del cuadro pálido de su cuerpo
sin gravitación y sin cadenas.

Hora de adoración y de fuga, después
Eglantina cruzaba erguida y sonámbula
el ámbito frío,
arrodillada de nuevo, inclinada,
sus labios resecos y temblorosos besaban la tierra.

La calle con su cielo, su agua y su vaivén
era una continuación prolongándose cuadras y cuadras.

A su paso alguien decía: “¿de dónde vienes?”
ella sonríe: “¿acaso lo sé?,”
las gentes movían la cabeza de Norte a Sur
y se volvían para mirarla una vez más.

Ventana tan pequeña la de su cuarto
pero llena de un techo y un poste del teléfono;
¡cómo daba brincos menudos de golondrina!
tan pronto ardía sobre el árido tejado oscuro
como se azotaba frágil
contra el solitario guardián de la noche
y las palabras emigrantes.

Dos golpes a la puerta y Eglantina asustada
se arropaba con la claridad espantosa del día.

El arco iris había cruzado el mundo,
los ecos absortos de la montaña amortajada
enviaban su mensaje oportuno
envuelto en magia y muda leyenda
con autorización municipal.

Se elevaba sobre la mesita de noche
un jarro de leche de aurora y un pan moreno,
a veces unas uvas negras, redondas, como mundos diminutos
donde se copiaba la pupila del gato o el reverso de la medalla
que ahorcaba su garganta pura.

Los largos días sin complicaciones:
linos bordados,
cebollas y lechugas, nueces y betarragas,
botellas estrelladas de líquidos estallantes,
maniobras de gentes automáticas
que decían sí, que decían no, cubriéndose
de una estúpida, escalofriante costumbre en la mirada.
Anocheciendo una instancia acumulada de angustia,
un clima oscuro contra la muerte,
se deslizaban desde los planos falsos del día.

Eglantina encendía lirios y que son cirios
y apagaba cirios que son lirios.

Aparecía de pronto el fantasma de gris contorno
y mirada sin ojos;
en los dedos anillos y símbolos
–verde zumo de algas y locura–.

El sonoro plumaje de algún gallo despierto
por tejados abrumados de estrellas,
hormigas voladoras con su rojo esqueleto
prendido al paracaídas flamante de sus alas.

Negro y amarillo terror la auscultaba,
ella naufragaba en tierras o aguas fosforescentes,
de espaldas como las hojas de las palmeras ansiosas del desierto.

Deshojando el calendario de los días
–felicidad o dolor–
era un arpegio que se trepaba
por los ángulos agudos del tiempo.

El espejo entregaba su figura:
primero los ojos, pero… ¿eran esos sus ojos?
después las piernas -espirales de humo-
pero… ¿eran esas, acaso, sus piernas?
Aquellas piernas luminosas dividiendo la sombra,
pesadas como la aurora que ilumina un cadáver.

Siete velos cubrían a Eglantina y sus senos floridos
sin copa o mano desbordaba hacia abajo.

Lo oscuro profundo, lo imperativo,
el demonio enrollado en la seda de sus venas,
en el temblor de sus cabellos negros olor a trueno,
a cascada imprudente, a jazmín pisoteado
a la luz de la luna, la hacían castañetear los dientes.

Si hubiese tenido brazos
habría encendido las lenguas de fuego que caían sobre su lecho,
pero no los tenía,
ni aun para esta hora de lucha y terror invencible.

¡Ah! si a intervalos aquella estrella distante
con su ojo único viniera a encenderla!

Recordaba, sin saber por qué,
su sombrerito de terciopelo verde con ala de cisne joven,
su cinturón con hebilla de caucho,
su vestido con vuelos y esas botas altas
esas que tenían treinta botones que nadie había de contar.

Años perdidos con sus colgajos de hojalata maldita,
años amarillos y negros, contrapesándose,
estremeciéndose desde el Oriente y su sabiduría.

Esa noche, igual a otras noches,
cayeron los siete velos del cuerpo desnudo de Eglantina.

Había un rumor de silencio,
de navajas ocultas,
había un largo oscuro color de sangre envejecida,
sangre que se extendía hasta los guardapolvos.

Las arañas tejieron un sudario.

Y un pie de mármol
quedó fijado entre mantas ardientes.

DOMINGO DE SANDERSON

Cierro los ojos anticipándome a lo definitivo, y la ventana del tiempo se disgrega,
vienen ellos y ellas, tú y yo, nuestros hijos, y vosotros todos,
se ha vivido el destino y la forma: marfiles, corales, ébanos y estrellas.

Inútil añoranza, inútil afán de insecto laborioso y alas de agua,
vidas que se precipitan del cerebro al mar y del mar al cerebro,
allí estáis vosotros, aquí estamos, allí estaréis vosotras un largo año.

Como el viejo Domingo Sanderson, mi abuelo, en la cuadrada plaza de provincia,
soleada plaza con pesados árboles y pájaros municipales,
soledad y polvo, en las carreteras, en las puertas, en los campanarios,
soledad y polvo en las almas de los muebles y los tristes,
mirando cómo emigran los murciélagos que traen tiempo y miedo.

Porque una vez, entre siglo y siglo,
vivió y murió entre libros y sueños, entre libros y espanto,
entre libros y brujería, y demonio y sacrilegio,
en el cual Voltaire, enfundado en una roja capa muerta,
miraba enjuto y pálido, lleno de ángulos y fosforescencia prohibida,
-libros y sueños, libros y libros- maldición y conjuro.

Hijos, voluntades dispersas, enfermizas, criaturas de dolor y de rencor,
ajenas, esporádicas criaturas con un nombre en el extremo de las uñas.

Tres o cuatro fechas y en la memoria de algunas estampas, una visión equívoca,
eso, de Domingo Sanderson, el políglota,
libros y libros a la espalda, con ellos de casa en casa, libros y libros y libros,
con ellos de pensión en pensión, encajonados, llovidos,
rodando, acumulados como piedras de piedra,
dolor y cansancio y libros, escrituras y escrituras
en caligrafía de dolor y sueños.

Setenta y anchos cuatro años sobre la irrealidad,
setenta y anchos cuatro años de combate sin combate, de duda;
los suyos, maldicen el cadáver;
los libros amontonados no hablan,
los libros deshojados como castaños, son quemados,
y el cuerpo solo, marmóreo, inmutable, desciende solo y sin libros,
solo, absolutamente solo, inútilmente solo,
con el abecedario entre los dientes.

Abro los brazos estrechando lo inútil inconmensurable:
mitos, libros, ríos, libros, desengaños, libros, libros, libros,
tú y yo entre los doscientos crepúsculos…

 

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