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Pablo Illanes: «Pienso que los odios son lo que más aparece en la escritura de cualquiera»

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En Alevosía, el autor de algunas de las telenovelas más exitosas de la historia de la televisión chilena y de la serie en español más vista de Netflix, conjuga, sin sermones ni panfletos, una novela policial —influenciada por el slasher y el giallo italiano— con la crítica social, y al mismo tiempo, no pierde de vista las historias particulares de sus protagonistas, sus conflictos y emociones más allá del crimen, el peso de la vida cotidiana, las crisis existenciales, Jackie Bravo y Derek Martino. «Siempre he tenido una fascinación especial por esas historias que llevan a otras historias —cuenta Illanes—. En este caso, hay una revelación que lleva a otra y al mismo tiempo a una radiografía, la de este mundo de apariencias y perfiles y seguidores ansiosos del nuevo trend. En ese sentido, la tecnología ocupa un lugar clave». En Alevosía, Illanes consigue una novela limpia, tal vez demasiado, con dosificaciones bien medidas en la entrega de información, una narrativa calculadísima, con giros en la trama en los momentos exactos y una estructura que opera de forma magnífica cuando apuntas a un gran público y a la entretención. Faltaron riesgos, quizá. Ambientada en un Nueva York contemporáneo —esto es, desmitificado y desromantizado—, y en tiempos en que el true crime y la espectacularización del asesinato emergen cual diarrea, la importancia de Alevosía es que defiende la esencia de un género clásico, el de la novela policial de tomo y lomo, que nos recuerda, literal y metafóricamente, que «todas las bestias están sueltas en el cementerio».

 

Por Cristian Salgado Poehlmann

 

La cita fue reproducida hasta el hartazgo en redes sociales, a propósito del natalicio número 72 de Roberto Bolaño: «Escribir no es normal. Lo normal es leer y lo placentero es leer; incluso lo elegante es leer. Escribir es un ejercicio de masoquismo». Algunos, incluso, se atrevieron a compartir una menos manoseada: «La lectura es placer y alegría de estar vivo o tristeza de estar vivo y sobre todo es conocimiento y preguntas. La escritura, en cambio, suele ser vacío». Para Pablo Illanes (Santiago, 1973), en cambio, la experiencia no resulta demasiado traumática. «Disfruto escribiendo. Y las novelas y cuentos los disfruto más porque no dependo de nadie. Es un placer solitario, medio onanista, lleno de misterios. Eso hace la experiencia menos predecible y más enriquecedora. Pero lo que más me gusta es el silencio. En la narrativa el proceso es más calmo; en el guion estás rodeado de voces/opiniones y muchas veces la forma de expresión de esas voces es absolutamente equivocada».

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Jackie Bravo tiene 46 años y es una detective neoyorkina a la que la aquejan 3 asuntos: 1) ya no se considera joven ni atractiva, 2) su esposo le es infiel con una exhuberante manicurista del barrio y 3) se hace cargo de una investigación que tiene la ciudad patas para arriba: un psicópata que mata influencers. Y lo hace performativamente, a la manera ritualista. Monta un altar, un escenario, según el producto o servicio que cada uno de estos creadores de contenido promocione. Un poco a lo Hannibal Lecter, aunque descuidado, poco meticuloso. Busca conocerse a sí mismo por medio de la transgresión. Y justo después de que mata, llama a la policía.

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Cuando intercambio preguntas y respuestas con Illanes surgen algunas diferencias de apreciación respecto de Alevosía. Le cuento que para mí la novela es estrictamente aristotélica. Le digo que es una novela obediente para con esta estructura, a lo que él responde: «No sé si la definiría como absolutamente aristotélica. Tuve una primera versión, antes de utilizar la voz del asesino, que me resultaba mucho más estructurada. Reconozco que sí, me preocupé de no dejarme llevar por el exceso de misterio ni por la anarquía narrativa para armar algo un poco más transversal. Tradicional, si quieres. Creo que en la novela policial hay un extremismo formal. O las novelas son simplistas y predecibles, esas donde en la primera página adivinas quién mató a quién y por qué, hasta el otro extremo, las con tramas innecesariamente alambicadas, giros implausibles, profusión de flashbacks y tres docenas de personajes que el autor espera que recuerdes al dedillo».

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Alevosía es una novela repleta de nombres propios que descienden desde otras ficciones. Personajes que, sin decírtelo de manera literal, cargan con un acervo, trasvasijado por Illanes a esta novela. Un intertexto no declarado, para busquillas de la información velada u obsesiones del autor. Así, me entero, gracias a una entrevista que Illanes dio a En Palco, que, por ejemplo, dos de sus personajes, Stefania Lenzi y Derek Martino, tienen el apellido que tienen por Umberto Lenzi y Sergio Martino, emblemas de las letras y el cine italiano. En conversación con Illanes también me entero de la génesis del personaje principal de la novela, la detective Jackie Bravo, cuando le pregunto qué es lo que hace antes de comenzar a escribir: «Algunos dicen que antes de empezar a escribir se dedican a meditar o a buscar inspiración o a investigar. Yo no, yo me siento y escribo. Lo que sí me gusta es buscar referentes, pero no necesariamente antes de escribir. Sin importar el proyecto, ese proceso siempre lo disfruto mucho». Y luego añade: «Creo que cada novela tiene su aventura. El desarrollo de Alevosía fue raro e intenso desde el comienzo. Fue una suma de factores, pero lo primero que surgió fue el personaje de Jackie Bravo, la detective. Antes de saber quién era se me ocurrió el nombre y durante muchos años (décadas, en realidad, porque todo esto partió con Jackie Brown) pensé escribir algo sobre esta mujer. Nunca me había vivido un proceso similar. Por lo general uno piensa una historia o se te ocurre alguna imagen, pero en este caso fue el nombre. Después de un tiempo el personaje ya tenía un perfil, una descripción de un par de páginas y algunas de las historias en las que se vería envuelta (una de las cuales es la segunda novela de la misma detective), pero nada más. Ahí quedó por mucho tiempo hasta que empecé a preparar la estructura del thriller y descubrí que era el momento de aprovecharme de Jackie y su propia historia».

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En una entrevista que Illanes dio a radio ADN, reveló: «Porque todos queremos estar en la piel de un asesino sin cometer los crímenes, es una fantasía, ¿no?, es algo casi erótico, ¿no?». Y yo pienso no, no está mintiendo, porque debe ser esa obsesión la que le terminó otorgando la facultad para escoger un epígrafe tan tremendo —autoría de Simon Hawke— como el que escogió para introducir su novela:

«Scream, no one will hear you. Just as you never heard Jason».

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En entrevista con En Palco, Illanes asegura que «los americanos como que copiaron el formato para crear el slasher. Es algo que nadie dice mucho, pero es evidente que, no sé, Martes 13 tiene mucho de las películas de Mario Bava; qué se yo, hay muchas cruzadas entre películas de la misma década, prácticamente, de fines de la década de los 70. Y la descripción de los crímenes del giallo, yo siempre me la imaginé, literariamente, como está descrita la muerte de las víctimas en Alevosía, particularmente en un par, la de Casey, el chico fitness, que creo que es bastante extrema, y, bueno, la de Stefania no es tan descriptiva, pero sí la preparación y la llegada al hecho mismo tiene muchos elementos del giallo y de lo que hizo, no sé, Brian de Palma después en Vestida para matar y todas esas películas». Entonces decido ahondar sobre sus referentes a la hora de componer Alevosía: «La verdad es que soy bien lector de policiales y como mucha gente empecé a leer el género cuando chico, con Agatha Christie. De los clásicos mi favorito siempre ha sido Jim Thompson. No sé si sea el mejor como narrador (creo que ese sería Raymond Chandler), pero tiene personajes tan poco convencionales y esas atmósferas tóxicas, enrarecidas, que siempre me ha parecido un escritor único. Para Alevosía, los referentes fueron cruzados por John Connolly, es un autor muy prolífico de novela negra contemporánea, y por el descubrimiento del escritor Poppy Z. Brite, con un par de incursiones en el noir gore. Al tratarse de una novela inspirada en un subgénero cinematográfico bastardo, el giallo italiano, también me concentré en volver a revisar algunas de esas películas, un poco para encontrar el tono correcto. Soy muy fan del giallo».

Pablo Illanes (Foto Miguel Bunster)

Pablo Illanes (Foto Miguel Bunster)–¿Y qué aprendiste de Connolly, Brite y el giallo italiano?

Del giallo, casi todo lo que sé sobre la maldad humana y la manera de visualizarla de las formas más visuales, retorcidas y dementes posibles.

De Brite, que el terror puede asquear y hacerte sentir cómplice; de hecho algunos de sus libros han sido prohibidos.

De Connolly, la posibilidad de escribir una novela llena de acción sin dejar de lado la técnica narrativa o la emoción.

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El siguiente es uno de los mejores párrafos de la novela, sino el mejor, lamentablemente descuidado en su puntuación. Me recordó a algunos remates de la poesía de Raymond Carver.

«Cuando Jackie levantó la cabeza para examinar las reacciones de su equipo. Martino estaba apoyado en la ventana con los ojos abiertos y el aspecto de alguien que no había dormido jamás».

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«Que creas que Alevosía es ‘entretenida’ ya me deja contento, aunque lógicamente un autor siempre piense que con cada novela está cambiando el mundo», confiesa Illanes.

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Pienso que el punto bajo de la novela es su desenlace. Un chicle que Illanes masticó más de la cuenta. Llegado a ese punto, Alevosía pierde parte del vértigo que había conseguido agarrar.

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–En tu novela tratas, entre otras, temáticas como la explotación de menores, el abuso sexual, la infidelidad y la discriminación. ¿Crees que el arte debe tener una relación más próxima con la sociedad y la política? Hay autores de ficción que escriben prácticamente con los temas de agenda en la mano.

—No sé, yo creo que hay de todo. Por una parte me parecería imposible escribir algo absolutamente ajeno a lo social o a lo político, todo lo que se escribe tiene relación de alguna forma con su entorno, independientemente del proyecto, el formato o el soporte. Y claro, al mismo tiempo de pronto uno ve la figura del escritor convertida en una suerte de opinólogo infalible, tocando absolutamente todos los temas del conocimiento humano y escaneando «contenido» digno de una próxima novela vendedora.

Para mí escribir novelas es conectarme con un espacio al que no puedo llegar escribiendo guiones. No es la plata, no es la fama, ni siquiera son las historias que cambian el mundo, al final son los momentos de escritura los que terminan seduciéndote, creo yo. A la larga es esa sensación de desdoblamiento que se produce solo al escribir, con la cabeza puesta en las emociones de tus personajes y sus vidas y no en la tuya. Eso yo creo que tiene algo de artístico, o por lo menos de espiritual, y por eso sí, creo que no importa cómo se manifieste, el arte debe conectarse con la sociedad.

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Le comento a Illanes que Donoso decía cosas del tipo «La labor del escritor es una labor de ciegos» o «Uno no sabe las cosas que ve hasta que las escribe». Y le pregunto que qué fue descubriendo mientras escribía su novela. Y responde: «Esa es una tremenda pregunta y la respuesta de Donoso es genial. Tengo memoria visual, por lo tanto coincido con Donoso en la idea de que uno no sabe las cosas hasta que las escribe. Si no anoto algo se me olvida. En general siempre trabajo de la misma forma, como herencia del guion, probablemente. Armo un mapa de ruta o gran escaleta de escritura, ojalá muy estructurada y con todo lo que se me ocurra. Sin filtro. Casi siempre lo hago capítulo por capítulo, casi como un flujo de conciencia, donde no me ahorro absolutamente nada. Después empiezo a escribir siguiendo este esquema, que en realidad casi siempre termina siendo otra novela distinta». Después remata: «Creo que es imposible seguir al pie de la letra tu propia estructura. Además, me parece peligroso porque tanta obediencia a unas instrucciones que escribiste previamente puede resultar en una escritura mecánica o desapasionada. Es un riesgo que siempre se corre, pero yo creo que las buenas ideas aparecen en todas las etapas de la creación, no se limitan ni al proceso de estructura ni al de escritura ni al de edición. Pueden aparecer en cualquier momento».

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Cuando pienso en el humor en Alevosía, concluyo que con Illanes no solo compartimos diferencias, sino también cuotas de similitud. Y es que Alevosía no es una novela oscura solo por la psicopatía de su asesino en serie o por los conflictos no resueltos de sus personajes o por las descripciones precisas de torturas, sino también por la burla sangrienta hacia algunos personajes y situaciones. Ahí confirmo la fijación de Illanes por los nombres propios, rayana en lo obsesivo, mediante la cual consigue entregar ciertas y necesarias cuotas de respiro a un texto que sin estas salidas sería, tal vez, enjuto. Escapes como el siguiente ayudan al libro a engordar, en buenos términos, como la carne, que con grasa sabe más rica que cuando no la tiene:

«Después de hacerse famoso como atleta, y de preparar físicamente a algunas celebridades bastante menores en Los Angeles, había hecho carrera como modelo fitness para transitar al mundo de los reality shows con Traición sexual, Los heterocuriosos 1 y 2, Testosterona: edición VIP y Apocalipis mañana, su consagración en el formato».

El fragmento me hizo recordarme a mí mismo cuando tenía doce años y comencé a darle una importancia transcendental a los nombres de las cosas y las personas. Partí con la cartelera pornográfica de los cines del centro de Santiago, que salía publicada en los diarios de la capital. El Nilo, el Mayo, el Roxy. En especial me acuerdo de uno: Nalgas cremosas. No solo el título era fantástico, sino que también la película tenía que ser maravillosa: no por nada sus secuelas a esas alturas iban por el 4, el 5 y el 6. Si la cremosera era tanta, tenía que ser un bombazo.

De mis últimas obsesiones con los nombres me acuerdo de cuando viví por un año en Arica: nadie supo de mi verdadero nombre y de mi vida santiaguina; me conocieron por Ruddy Linares, nacido y criado en Valdivia.

Hoy en el consultorio dental conocí a Joâo Bolívar.

***

Dice Illanes: «Creo que es inevitable no reflejar algo interno en lo que se escribe. No sé si un estado de ánimo, pero sí los odios. Pienso que los odios son lo que más aparece en la escritura de cualquiera. Lo que pasa es que la novela es un ejercicio más terapéutico que el guion, me parece».

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