María Eugenia Lorenzini: «Uno puede cambiar de lugar, de nombre o de paisaje, pero no siempre puede escapar de aquello que lleva dentro»
Por Mariana Hales B.
La escritora y editora chilena María Eugenia Lorenzini ha construido una trayectoria marcada por la exploración de la memoria, las heridas del pasado y las complejidades de la condición humana. Autora de novelas como Después de ayer, Sewell: luces, sombras y abandono, Escucha, corazón y El silencio de Irene, regresa ahora con El crimen de Ema (Editorial Forja), un thriller psicológico que indaga en los territorios inciertos de la culpa, la identidad y la memoria fragmentada.
La novela se abre con una imagen perturbadora: Ema descubre sus manos cubiertas de sangre junto al cuerpo sin vida de su marido. Sin recordar con claridad lo sucedido, inicia una desesperada huida que pronto se convierte en algo más profundo que una fuga física. A medida que avanza la historia, la protagonista se ve obligada a enfrentar los vacíos de su memoria, las contradicciones de su propia identidad y una pregunta que atraviesa toda la narración: ¿es posible escapar de uno mismo?
En esta conversación, María Eugenia Lorenzini reflexiona sobre los mecanismos de la memoria después del trauma, la construcción de personajes atravesados por la incertidumbre y la culpa, el significado simbólico de la huida y la importancia del paisaje como una presencia activa dentro de la narración. Además, aborda las preguntas que han acompañado toda su obra, más allá de los géneros literarios: cómo el pasado sigue actuando sobre nosotros y qué ocurre cuando una persona es llevada al límite de sus propias convicciones.
En El crimen de Ema, la memoria aparece llena de vacíos y zonas difíciles de reconstruir. Como narradora, ¿qué te interesa de aquello que permanece oculto o incompleto dentro de una historia?
Me interesa lo que queda bajo la superficie de los hechos. La memoria, sobre todo después de hechos traumáticos, selecciona, deforma y a veces oculta para protegernos. En el caso de Ema, ella no recuerda porque hay algo en su propia historia que se ha vuelto insoportable de mirar y eso sirve para construir el suspenso dentro de la novela.
Como narradora, me atraen esas zonas incompletas porque se parecen mucho a la vida. Nadie comprende del todo lo que le ocurre mientras lo está viviendo. A veces necesitamos tiempo, distancia o dolor para poder ordenar los fragmentos. En El crimen de Ema, la memoria funciona como un territorio herido: hay pedazos que vuelven, otros que se resisten y otros que tal vez nunca podrán reconstruirse por completo.
Ema es un personaje que parece habitar una frontera entre distintas versiones de sí misma. ¿Te interesan especialmente los personajes que viven en estados de transformación o de incertidumbre identitaria?
Sí, me interesan mucho los personajes complejos, con heridas, zonas oscuras y zonas de luz, personajes que no pueden definirse de una sola manera, como Ema, que no es ni heroína ni villana, ni inocente ni culpable. Personajes que son débiles y vulnerables pero capaces de reaccionar ante situaciones extremas. Creo que con ellos la literatura se hace mucho más interesante. Ema intenta convertirse en otra, pero descubre que no es tan fácil huir de uno mismo.
Me parece que los momentos de crisis revelan zonas muy profundas de la identidad, porque nos obligan a preguntarnos cuánto de nosotros es verdadero y cuánto ha sido construido por el miedo, por la culpa o por la mirada de los otros.
Hay una larga tradición literaria de personajes perseguidos por la culpa. Mientras escribías la novela, ¿sentías que Ema dialogaba con alguna de esas figuras literarias o fue construyendo su propia voz al margen de esas influencias?
La culpa es uno de los grandes temas de la literatura, porque toca una zona muy íntima de la condición humana. Hay muchos personajes literarios perseguidos por lo que hicieron, por lo que no hicieron o por aquello que no logran comprender del todo. Sin embargo, mientras escribía, sentí que Ema fue construyendo su propia voz desde un lugar muy concreto y muy suyo.
Quise escribir la historia de una mujer atravesada por una experiencia límite. Ema no vive la culpa de una manera abstracta; su culpa no es solo moral, también es emocional y física. Es una culpa que la persigue, pero también la obliga a mirar una verdad que durante mucho tiempo no pudo enfrentar.
La sensación de incertidumbre parece acompañar constantemente a Ema. ¿Cómo construiste esa dimensión emocional del relato?
Quise que la incertidumbre no estuviera solo en la trama, sino también en el interior del personaje. Ema no logra comprender cómo pudo haber llegado a ese punto, cómo pudo haber actuado del modo que lo hizo, ya no sabe en qué persona se ha convertido. La culpa, el temor y las dudas la acompañan en cada gesto, en cada decisión, en cada intento por salir adelante.
Para construir esa dimensión emocional, me interesó trabajar con una atmósfera de inestabilidad: recuerdos que vuelven como chispazos, espacios que parecen tranquilos pero esconden amenazas, silencios que pesan más que las palabras. La incertidumbre de Ema no es solo policial, es existencial. Ella no está únicamente escapando de un crimen; está tratando de entender en qué momento su vida se volvió irreconocible.

La huida ocupa un lugar central en el relato. En términos simbólicos, ¿qué representa para ti el acto de huir?
Huir puede ser muchas cosas. Puede ser miedo, cobardía, instinto de sobrevivencia, deseo de desaparecer o una forma desesperada de buscar una segunda oportunidad. En el caso de Ema, la huida comienza como un impulso físico, casi animal: salir, alejarse, no ser encontrada. Pero poco a poco se transforma en algo más complejo.
Simbólicamente, para mí huir es intentar dejar atrás una identidad que ya no se soporta. Ema huye de un hecho terrible, pero también de una vida entera, de una historia de sometimiento, de una imagen de sí misma construida desde la fragilidad y el miedo. El problema es que uno puede cambiar de lugar, de nombre o de paisaje, pero no siempre puede escapar de aquello que lleva dentro. Esa es la verdadera persecución de la novela.
En varios momentos da la impresión de que el paisaje observa a los personajes. ¿Qué papel juega el entorno en tu escritura? ¿Es un escenario o una presencia activa dentro de la narración?
Para mí el entorno es de gran importancia. En El crimen de Ema, el paisaje acompaña la transformación de la protagonista: el pueblo, el campo, los caminos, la casa, los silencios de la provincia son espacios que parecen ofrecer refugio, pero también obligan a recordar.
Me interesa mucho esa ambigüedad. Un lugar puede proteger y al mismo tiempo encerrar una amenaza. Puede devolvernos algo perdido, pero también enfrentarnos con lo que no queremos ver de nosotros mismos. En ese sentido, el entorno en la novela es una presencia activa: observa, contiene, amenaza, despierta recuerdos. A veces el paisaje nos dice más que los propios personajes.
El título, El crimen de Ema, parece anunciar una certeza, pero la novela está llena de dudas. ¿Qué importancia tuvo para ti esa tensión entre lo que el lector cree saber y lo que realmente descubre durante la lectura?
Esa tensión fue muy importante. El título parece afirmar algo: hay un crimen y hay una mujer vinculada a ese crimen y ya en la primera página aparece Ema empuñando un cuchillo y con las manos ensangrentadas. ¿Pero cuánto sabemos realmente cuando creemos saberlo todo? Me interesaba que el lector entrara con una aparente certeza y que, poco a poco, esa certeza se fuera agrietando.
En la vida también juzgamos muchas veces desde una imagen incompleta. Vemos un hecho, una escena, una noticia, y creemos entender. Pero detrás de cada acto puede haber una historia que en primera instancia no alcanzamos a vislumbrar. El crimen de Ema juega con esa tensión: lo evidente y lo oculto, lo que se acusa y lo que no se alcanza a ver. La novela no busca absolver ni condenar rápidamente, sino abrir una zona de preguntas.
¿Qué descubriste sobre Ema que no sabías cuando empezaste a escribirla?
Descubrí que Ema era más compleja de lo que imaginé al comienzo. Al principio la veía sobre todo desde su fragilidad, desde el miedo y la culpa. Pero mientras avanzaba en la escritura apareció también una fuerza inesperada, una voluntad de sobrevivir que ni ella misma sabía que tenía.
También descubrí sus contradicciones. Ema no es una víctima pura ni una mujer completamente dueña de sus actos. Es alguien dañada, pero no vacía; alguien vulnerable, pero capaz de tomar decisiones extremas. Creo que eso fue lo que más me interesó de ella: su humanidad imperfecta. Ema me obligó a mirarla sin comodidad, sin respuestas fáciles.
En tu trayectoria has transitado por la novela histórica, la exploración de la memoria política y ahora el thriller psicológico. ¿Qué aspectos de la condición humana sientes que permanecen constantes más allá de los géneros?
Más allá de los géneros, creo que siempre vuelvo a ciertas preguntas: cómo se construye la memoria, qué hacemos con la culpa, de qué manera el pasado sigue actuando sobre nosotros, cómo sobreviven las personas a aquello que las quiebra. La novela histórica, la memoria política o el thriller psicológico pueden parecer territorios distintos, pero todos permiten explorar las heridas humanas. Me interesan los personajes enfrentados a situaciones que los obligan a revelarse. A veces es la historia de un país, otras veces es una pérdida íntima, una violencia doméstica, un crimen o un secreto. Cambia el género, cambia la atmósfera, pero permanece una misma inquietud: qué somos capaces de hacer cuando la vida nos lleva hasta un límite.
¿Hay alguna imagen, escena o frase de El crimen de Ema que para ti contenga el corazón de la novela?
Hay una imagen que para mí concentra mucho del espíritu de la novela: Ema huyendo sin mirar demasiado hacia atrás, pero cargando consigo todo aquello de lo que intenta escapar. Esa contradicción me parece central. Ella se mueve, cambia de lugar, busca desaparecer, pero la verdadera persecución ocurre dentro de ella.
También está esa primera imagen, por supuesto: una mujer con las manos ensangrentadas, empuñando un cuchillo frente al cuerpo de su marido. Ahí está el corazón del libro: el instante en que una vida se parte en dos y una persona debe preguntarse no solo qué hizo, sino quién es después de haberlo hecho.
Si Ema pudiera hablar contigo después de terminado el libro, ¿qué crees que te reclamaría y qué crees que te agradecería?
Creo que me reclamaría haberla llevado tan lejos, haberla obligado a mirar zonas de sí misma que quizás habría preferido mantener enterradas. Tal vez me diría que fui dura con ella, que no le di demasiadas treguas, que la dejé sola en momentos en que necesitaba ser protegida.
Pero también creo que, en algún lugar, me agradecería haberla escuchado. Haber intentado comprenderla sin convertirla en una caricatura de víctima o culpable. Ema no pide ser absuelta, pero sí ser mirada en toda su complejidad. Quizás eso es lo que más puede agradecer un personaje: que no lo juzguen demasiado rápido, que le permitan existir con sus luces, sus sombras y sus heridas.
Y, por último, tal vez también me agradecería que al contar su vida, los lectores pudieran cerrar el libro y reflexionar sobre la vida de tantas otras Emas.