Verso, vida & viento: Una biografía de Gabriela Mistral en cómic, es una es una novela gráfica que narra la vida de la gran poeta chilena. Rafael Gumucio, Rodrigo Elgueta y Ángeles Quinteros se unieron para construir, a partir de diversas ópticas y saberes, un texto íntegro que sigue difundiendo y problematizando una figura que está más vigente que nunca.
En revista Lector conversamos con Rafael Gumucio. Fiel a su estilo, nos entregó visiones sobre Mistral y su diálogo con la sociedad chilena: «Me interesa lo canónico cuando es incómodo».
—De un tiempo a esta parte, la figura de Gabriela Mistral adquirió mucha importancia en la sociedad chilena. ¿Por qué se produce este fenómeno, a qué lo atribuyes?
—La Mistral nunca se movió, fuimos nosotros los que dimos la vuelta. Durante décadas la tuvimos como estampita escolar o como señora triste en los billetes, demasiado incómoda para ser santa y demasiado santa para ser incómoda. Hoy, en tiempos de identidades múltiples y vulnerabilidades expuestas, nos damos cuenta de que ella ya estaba ahí: lesbiana, huacha, profesora, diplomática, dura y tierna a la vez. Chile llegó tarde a su cita con Mistral, y cuando por fin llegó se dio cuenta de que era la más contemporánea de todas.
—¿Cuál fue el kilómetro cero de Verso, vida y viento? ¿Cómo surgió el proyecto? Los autores provienen de distintas áreas, hubo un trabajo colaborativo, integraron saberes y disciplinas.
—El kilómetro cero no fue mío: fue una propuesta de Ángeles Quintero y Rafael López, que armaron un equipo espectacular. Yo solo tuve que integrarme a una mecánica perfectamente aceitada. Soy un gran admirador de Rodrigo Elgueta, así que me sentí honrado de ver cómo mis palabras se volvían imágenes en sus manos.
—¿Cómo fue el trabajo de edición? ¿Cómo fue el manejo de la información, dejaron mucho material fuera, bajo qué criterios?
—Teníamos un trabajo de investigación muy bien armado, un punto de partida inmejorable y un dibujante capaz de todo. Fue casi «cocer y cantar». Todo se hizo por mail, en una extraña y maravillosa armonía: cada pieza encajó sin necesidad de grandes peleas ni ajustes traumáticos.
—La novela gráfica es un fenómeno que hace ya varios años no solo se remite a la construcción del superhéroe, ahora es un medio para narrar a figuras políticas, literarias, deportivas, etc. Los cómics como una masificación de la cultura.
—Exacto. El cómic dejó de ser «infantil» para convertirse en un idioma transversal. En mi caso, como todo niño francés de mi época, la historieta fue mi primera aproximación a la literatura y es fundamental en mi canon. Astérix, Lucky Luke, Corto Maltés están en el centro de mi cabeza tanto como cualquier novela. Una novela gráfica puede contar a un boxeador, a un poeta o a un presidente. Lo interesante es que permite popularizar sin banalizar: la imagen se convierte en memoria. En un país donde se lee poco, la novela gráfica es también una pedagogía visual. Gabriela, que fue tantas cosas, merecía ser también un personaje de viñeta.
—Nicanor Parra, Roberto Matta y Gabriela Mistral. En tu obra literaria hay un interés particular por las figuras canónicas del arte y la literatura.
—Me interesa lo canónico cuando es incómodo. No me interesan los bronces, sino los que todavía respiran bajo la estatua. Parra fue rey y mendigo; Matta, un alquimista y un niño mal enseñado; Mistral, una mirada de rayo X a todas nuestras vulnerabilidades, la luz de un desierto siempre fértil. Como todo enano, me gusta pararme sobre los hombros de gigantes para ver más lejos.




