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Silvina Ojeda: «La vida en mi pueblo te hace feminista a la fuerza, aunque no quieras»

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—¿Cómo, cuándo y por qué elegiste ser fotoperiodista?

—De niña jugaba a ser periodista en secreto; el baño era mi lugar favorito para simular que leía frente al espejo. También me apasionaba la música y la lectura. En mi casa había libros y discos por todos lados, algunos de política envueltos en papel de diario, como Perón y el Che Guevara. No entendía mucho de niña, pero sabía que había cosas que había que leer.

Quedé fascinada con la banda Viudas e Hijas de Rock n’ Roll; me disfrazaba con mi amiga del barrio como una de ellas y ahí supe: cuando sea grande quiero ser periodista de rock.

Mi primer recuerdo «oficial» fue a los 14 años, cuando fui a un show de Fabiana Cantilo en un bar de mi pueblo. Llevé mi walkman Aiwa y le pedí permiso para grabar todo el show; ella lo acomodó y me dijo: «Disfrutá el show, dejalo ahí». También llevé mi cámara de fotos de cumpleaños y registré todo. Al terminar, la entrevisté y, junto con mis amigas, la seguimos en su gira por pueblos cercanos como Allen y General Roca. Me sentía como en la película El Mundo según Wayne.

La vida me llevó por otros caminos: trabajé desde muy chica para ayudar a mi familia. Mi mamá era ama de casa y mi papá kiosquero. La inflación nos hizo perderlo todo de un día para otro. Me salvó la lectura, la música y el sueño de ser periodista.

Cuando pude estudiar en la universidad, elegí Filosofía y Letras, pero no terminé la carrera. Todo cambió cuando me mudé a Buenos Aires: allí el sueño de la niña empezó a tomar forma. Mi profesor, periodista de rock Sergio Marchi, biógrafo de Charly García, Spinetta, Cerati y Pappo, vio algo en mí y me abrió puertas. Me exigía como nadie, y aunque pensé que no me soportaba, me recomendó anotarme en Redacción Periodística con Vera Land e Historia del Rock con Alfredo Rosso y Fernando Pau. Ahí empezó mi aventura: comunicar y andar con una cámara colgada para todos lados, casi por casualidad.

—¿Qué significa para ti trabajar con la memoria de las mujeres?

—Trabajar con la memoria de las mujeres para mí es algo que se empezó a marcar muy temprano. En mi adolescencia hubo un hecho que nos cambió la mirada de todo en mi pueblo: habían secuestrado y matado a tres pibas. Nosotras, que salíamos con bandas de amigas y recorríamos el pueblo libremente, en un lugar donde hasta dormíamos con las puertas abiertas en vacaciones, nos vimos confrontadas con la violencia más brutal.

Con apenas 17 años empezamos a marchar, sin entender del todo que eso se iba a transformar en casi 29 años de movilización. Existía una movida interna que a esa edad no podía poner en palabras; eran otros tiempos: no había internet, ni medios, ni dispositivos. Todo pasaba por el cuerpo, y todo te atravesaba.

Tengo recuerdos que nos marcaron: ir a enfrentarnos y tirar piedras a la comisaría, una pueblada exigiendo verdad y justicia por las pibas. En esa manifestación a una amiga nuestra la hirieron; teníamos apenas 16 años. Estaban nuestros viejos también, enfrentándose y cuidándonos. Ahí hubo un antes y un después: renegué mucho tiempo de mi ciudad, me fui, y cuando regresé para criar a mi hijo sola, empecé a registrar tímidamente las calles nuevamente.

Marchar otra vez era movilizante, pero ya no eran solo tres las que silenciaban; la lista de femicidios impunes crecía. La vida en mi pueblo te hace feminista a la fuerza, aunque no quieras. Empezás a cuestionarte muchas cosas y a buscar espacios donde es difícil salir de la tangente de lo que esperan de vos.

Mi primer nota sobre «¿quiénes nos quieren sin memoria?» fue gracias al diario La Mañana Cipolletti, que me dio un espacio para escribir historias de mujeres que ya no están. Siempre me pregunté: ¿y las familias de ellas dónde están? ¿Qué pasa con las que ya no están? Hoy me gusta trabajar con la memoria y las minorías, contar historias, escuchar; es lo que me mueve y me hace seguir haciendo este trabajo.

 

Crédito fotos: Silvina Ojeda

 

—¿Qué implica para ti trabajar con las marginalidades, ya sea desde la perspectiva de las personas o de los territorios?

—Trabajar con las marginalidades para mí implica acercarme con respeto y sin prejuicios, el ser humano es prejuicioso por naturaleza. El periodismo me enseño eso, a no ser prejuiciosa. Significa mirar más allá de lo evidente y comprender los contextos sociales, económicos y políticos que marcan esas vidas y esos territorios. No es solo registrar lo que se ve, sino intentar entender cómo las desigualdades moldean la realidad de las personas, y cómo la resiliencia y la creatividad surgen en medio de la falta de oportunidades.

Para mí también es un ejercicio de escucha y de acompañamiento: cada historia, cada rostro, es un aprendizaje. Trabajar con la marginalidad no define a las personas por lo que les falta, sino que revela cómo la sociedad construye exclusiones y cómo, a pesar de eso, siguen creando, resistiendo y soñando.

Como periodista, me inspira principalmente el Polo. En los 90 contaba historias marginales, se metía en territorios como cárceles o barrios vulnerables, y relataba historias de un extraño en un bar. Él no era el protagonista, casi ni aparecía ni hablaba, solo escuchaba. Cuando empezás a estudiar periodismo te muestran cosas del Polo, lo que hoy se llama periodismo narrativo.

En cuanto a la fotografía, me inspira Sara Facio. Con su cámara registró todo el movimiento político y cultural de una época y nos abrió el camino a varias de nosotras: nos enseñó que las fotos pueden ser políticas y que la mirada puede transformar lo que se muestra.

Tambien Pablo Grillo, el pibe baleado por el gobierno neoliberalista Javier Milei, Pablo Grillo es el sinónimo cuando el cuerpo se hace verbo del fotoperiodismo, y cada colega que hoy cubre miles de marchas en el Congreso y son totalmente reprimidos, a esos/as déjamelos de referente de por vida.

—¿Cuáles son las lecturas que más han influido en tu vida? ¿Tienes alguna cita que te inspire especialmente?

—Empecé a leer desde los 4 años. No me considero una lectora en el sentido académico, sería una falta de respeto decirlo frente a quienes realmente lo son, pero leo de todo. De pibita, mi primer libro fue Socorro, unos cuentos de terror de Elsa Bornemann. Como no tenía plata para comprar libros, descubrí la Biblioteca Bernardino Rivadavia, que se volvió mi segunda casa; ahí pasaba horas a escondidas.

Ahí descubrí a Emil Cioran, Nietzsche, Artaud, Rimbaud, Emily Dickinson, Anne Sexton, Sylvia Plath, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik… todo muy oscuro, como lo fue mi adolescencia. Pero me permitía crear un mundo totalmente paralelo, que intuí me salvó. Leer me enseñó a observar, a sentir y a buscar sentidos más allá de lo evidente, y eso sigue marcando mi mirada como periodista y fotógrafa.

No sé si es una cita, pero siempre recuerdo a Rodolfo Walsh: «Para los diarios, para la policía, para los jueces, esta gente no tiene historia, tiene prontuario; no los conocen los escritores ni los poetas; la justicia y el honor que se les debe no cabe en estas líneas; algún día sin embargo resplandecerá la hermosura de sus hechos, y la de tantos otros, ignorados, perseguidos y rebeldes hasta el fin». (Noticia Preliminar, en ¿Quién mató a Rosendo?, 1969)

Crédito fotos: Silvina Ojeda

 

Silvina Ojeda, [Cipolletti, Río Negro, Argentina, 1979] fue periodista de rock en Buenos Aires entre 2009 y 2012, antes de volcarse de lleno a su proyecto fotográfico Mujeres del Rock. Ganó un concurso en San Sebastián, España, donde fue seleccionada entre diez fotógrafas del mundo. Su obra ha sido expuesta junto a artistas como Milo Lockett, Claudio Roncoli, Sol Storni, Emilio Fatuzzo y Juan Doffo, y recorrió el país con su muestra Mujeres del Rock.

Actualmente se desempeña como fotoperiodista y escribe asiduamente en distintos medios regionales, nacionales y extranjeros, con el propósito de dar voz tanto a mujeres silenciadas como a aquellas que ya no pueden hablar. Su compromiso con los derechos humanos se refleja también en su labor como tallerista de fotografía creativa para mujeres vulneradas en centros comunitarios, articulando la salud mental con la necesidad de que las mujeres encuentren su propia voz y mirada.

Su obra se mueve entre la memoria y la urgencia del presente, con un compromiso constante hacia las mujeres y los derechos humanos.

Síganla en su Instagram @ojos.de.ojeda

 

Dafne Malvasi
Dafne Malvasi
Dafne Malvasi (Italia) es poeta, traductora y docente. Licenciada en Lenguas y Literaturas Extranjeras por la Università Orientale di Napoli, con un enfoque en Historia de América Latina, complementado por un máster en Gender Equality and Diversity Inclusion. Su obra poética ha recibido reconocimiento internacional, incluyendo el Premio Internacional Trienal "La Donna si racconta" (Pesaro, Italia, 2021). Además, su podcast Disordinarie: Storie di Donne ha sido destacado en el Festival "L'Eredità delle Donne" (2022 y 2023), reafirmando su compromiso con la literatura y las narrativas femeninas como formas de resistencia cultural. Este año, su primer libro bilingüe, Antes del alba (Ediciones Andesgraund, 2024), ha estrenado una segunda edición con traducción al portugués, marcando un paso importante en su camino creativo.

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