Por Juan José Jordán
La novela retrata la experiencia de un sargento al mando de una guarnición militar en el norte de Chile. De pronto sobreviene el Golpe de Estado y las reglas del juego cambian; él, un militar que cree en el honor y disciplina institucional, se ve enfrentado a una situación en donde no son necesarias las pruebas para inculpar a alguien y someterlo a terribles vejámenes:
—¿Tiene detenidos?
—Sí, mi general.
—¿Fueron procesados
—No aún, mi general, seguimos investigando.
—Pero investigando ¿qué? Por la poronga del mono —lo interrumpió.
—Investigando las implicancias, los tenemos detenidos por simpatizantes, no por actos terroristas.
-¿Qué pruebas busca, iñor?
—Pruebas que pudiesen incriminarlos en algún hecho subversivo, mi general, hasta ahora me he reunido con ellos y no veo mayor peligrosidad, por lo que creo que los dejaremos en libertad.
—No sea cándido, coronel, ¿acaso usted no conoce a los comunistas?, ¿o cree que el sargento, el soldado y los demás miembros de la patrulla se autoinfligieron las heridas mortales?
(página 19)
Horas después del Golpe de Estado tiene lugar una emboscada a un camión militar, con el resultado de un militar muerto, otro tetrapléjico por el resto de su vida y 3 heridos de bala. En el parabrisas se encuentra una bandera del MIR y es esto lo que intentarán esclarecer mediante los interrogatorios, que, como el mismo narrador apunta, el término no pasa de ser un eufemismo. Son torturas con preguntas y juicios preconcebidos por parte de los interrogadores.
La llegada de los miembros de OI (Organismo de Inteligencia) representa un quiebre en el conducto regular del ejército, fue el grupo que se encargó de imponer un relato en términos de guerra entre el bien y el mal. Si se cree de verdad que se está luchando contra una lepra o, por usar la misma jerga de aquellos años, un cáncer que se puede expandir al resto de la sociedad, no existe culpa por el trato recibido por el prisionero desnudo atado al catre donde le aplican corriente. Lo curioso es que de todos modos existe una preocupación por mantener la apariencia de apego a las normas, es por esto que el sargento debe nombrar a un capitán cuya misión será supervisar las sesiones de interrogatorio para resguardar que se respetaría la convención de Ginebra en lo referente al trato de prisioneros. Por supuesto, no es más que algo decorativo porque esto no impide que los agentes a cargo se den festines de sadismo con los detenidos.
Venganza
Hay una lógica de la venganza que atraviesa el libro. Un sacerdote español que dice haber sido testigo de cómo los rojos (para utilizar sus mismas palabras) fusilaron a su padre y a su madre, por el solo hecho de ser católicos practicantes. Y, por si fuera poco, observar la macabra crucifixión que sufre el director del Seminario Menor al que asistía como estudiante, episodio que la verdad suena a cuento porque no se explica todo el esfuerzo de ejecutar al prisionero de forma tan complicada. Desde ahí el cura se declara enemigo mortal a todo lo que huela a comunismo, entregando información a los agentes de inteligencia sobre algunas personas, entrar a las sesiones de tortura e incluso llega a escupir a un prisionero, sin sentir contradicción entre el amaos los unos a los otros y el trato salvaje que someten a los sospechosos, lo que permite recordar que las agrupaciones humanas nunca estarán libres de perversión y bajezas, independiente que sus ideas rectoras sean de entrega y empatía con el otro. Este religioso no puede matizar, reduciendo la realidad a dos polos antagónicos, lo que es un camino de no retorno.
La novela suele incurrir en un tono meloso y un poco evidente en el modo en que los personajes se definen y comunican sus posturas, generando situaciones inverosímiles. Por ejemplo, las conversaciones que el capitán mantiene con un muchacho en los momentos en que no está siendo interrogado. El detenido lo trata de «capitano», le recita poemas, le habla de los prejuicios de la sociedad burguesa que no acepta a los homosexuales; sin ir más lejos, él mismo tiene amigos gays y el capitán, católico practicante y muy conservador, se muestra horrorizado ante lo que considera una perversión. ¿Qué interés tendría un prisionero en tales circunstancias de hablar de esas cosas con un militar? No se cree ni por si acaso. De cualquier modo, es interesante que diferentes personajes puedan exponer posturas contrapuestas. Como cuando un oficial de inteligencia le habla al capitán de la amenaza que representa el comunismo, refiriéndose al Holodomor ucraniano, episodio que tuvo lugar durante el proceso de la colectivización de la tierra en el que la URSS adoptó medidas brutales contra el campesinado, requisando el grano e imponiendo severos castigos a quienes desobedecían la medida, generando una hambruna masiva intencional. Un episodio muy oscuro en la historia de la ideología pero saber que ocurrió no debiese dar pie para ensañarse de ese modo, aunque que al ejército de aquel tiempo todo lo les servía como argumento para lavar el cerebro a sus filas y lograr esa mentalidad que les permitiera actuar sin contemplaciones.
Enrique Gloffka Reyes fue miembro activo del ejército durante los ochenta, lo que entrega un componente de novedad a la abundante producción relativa al Golpe de Estado, pero en una entrevista al autor en biobio.cl, señala que la información referente a torturas y maltratos los obtuvo leyendo la prensa y el Informe Rettig, es decir, las mismas fuentes a las que accedería cualquier persona que se propondría escribir sobre el tema. De cualquier modo, sería difícil para un civil interiorizarse en los detalles de la vida militar, cómo pasan las cosas al interior del regimiento, y en ese sentido sí le puede haber servido su experiencia castrense.
El texto representa un avance en el modo en que el ejército se relaciona con la sociedad civil. Reconocer es el primer paso para intentar cambiar, pasa en las relaciones de amigos y también en las instituciones. De hecho, en el libro se habla claramente de montajes, como dejar armas en los allanamientos para incriminar a los sospechosos. Este tipo de operaciones, propias de la mafia y el mundo gansteril, fueron recurrentes en el ejército en el período dictatorial, como ocurrió con el caso de Lumi Videla, dirigente del MIR, torturada y asesinada por agentes de la DINA, arrojada a la embajada de Italia y que luego la prensa cómplice se encargaría de difundir que se habría tratado de un crimen pasional.
Pero de todos modos pareciera no ponerse en duda la legitimidad del Golpe por la ideología perversa que se estaba incubando en la sociedad, por usar las palabras del capitán en un diálogo que tiene con el muchacho y él representa precisamente la mirada de alguien que puede sentir compasión por los detenidos. Es decir, no se lo retrata como un fanático como los miembros del Organismo de Inteligencia:
—Dime una cosa, Capitano, ¿acaso no apoyabas al gobierno legítimamente elegido por el pueblo?, ¿por qué te sumaste a este golpe de estado?
—¿Qué si apoyaba al borrachín de Allende? Para nada, llevaba al país directo al despeñadero. El comunismo es una peste, una pandemia que hay que extirpar muchacho. En eso no me pierdo.
(página 64)
Es cierto que él nunca aprueba la tortura, aunque tampoco hace nada por detenerla, por miedo. Pero tener la convicción que el presidente electo es el portador de una peste, lo que convierte a sus adherentes en agentes infecciosos y, por lo mismo, dañinos para el resto de la sociedad, es la puerta de entrada para que pasen estas cosas. Esto está mucho más allá que sentir desagrado, por más intenso que sea, por algún sector político.
Los colmillos de la vida es una novela en la que, a partir de un hecho puntual, se logra dar un retrato sobre el funcionamiento del ejército en dictadura. Aunque tiene la intención de incorporar diferentes miradas, el resultado queda a medias por la forma en que los personajes dan a conocer su punto de vista que suele ser de forma forzada y poco verosímil. Los torturadores aprendieron todo eso; a nadie se le ocurre de forma espontánea martillar los dedos índices de ambas manos para luego arrancarles la uña con un alicate, como un recibimiento para que se hicieran una idea del nivel de salvajismo que tendrían que afrontar. Sobrecoge pensar en lo que tuvieron que soportar los detenidos.
FICHA TÉCNICA
Título: Los colmillos largos de la vida
Autor: Enrique Gloffka Reyes
Género: Novela
Editorial: Ril
Año: 2023
152 páginas





Acabo de leer tu crítica. Muchas gracias por darte el tiempo de leerla. Lo inverosímil sucedió. Saludos