Tres apuntes sobre El perseguidor de la luz.

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1. Es interesante el juego con la memoria que realiza Yuri Soria-Galvarro. Desde los epígrafes de El perseguidor de la luz (uno de Sandor Marai y otro de Paul Auster), nos preparamos para entrar en un viaje a un pasado melancólico en el cual siempre está presente la figura de la imposibilidad. El protagonista viaja por el mundo con distintas cámaras fotográficas (siendo la primera una Zenit), captando imágenes que desde su presente, vislumbra como cuerpos fantasmas de un espacio anterior. En un juego teillieriano en el que se recrean vacaciones en Algarrobo, navegaciones arriba de un yate y recuerdos de la dictadura, vemos a un narrador que repasa su vida con un manto de dudas.
2. «La memoria es así, indulgente y adicta al melodrama, porque no estoy seguro ni cómo se llamaba, la he bautizado Ana Paula, en la idealización y sincretismo de su recuerdo». En la cita recientemente expuesta, podemos ver las formas en que Soria-Galvarro discute con la memoria. Hay un ejercicio, interesante y necesario, de ver las formas en que recordamos, y las tareas de ficcionalización que este proceso trae consigo. El autor no sólo discute y se embarra, también se llena de incertidumbres sobre lo que nos cuenta, elaborando un relato que tiene su mayor contrafuerte en la literatura como espacio de memoria.
3. La novela posee un interesante ejercicio de intertextualidad. Se narra una historia que transita por distintas etapas y lugares pero que tiene su mayor raíz en la dictadura chilena. Todo el registro se complementa con reflexiones literarias. Los personajes leen a Oliverio Girondo, Richard Yates y Julio Cortázar, es decir, hay un bagaje cultural importante que dota a El perseguidor de la luz de un batería teórica necesaria. El narrador construye su vida a partir de sus lecturas.

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